jueves, 12 de octubre de 2017

Pompeya


Me equivoqué de parada
                                     
En la "Nueva" Pompeya

pobre ciudadano de Pompeya

anfiteatro griego

por dentro del anfiteatro griego de Pompeya: homenaje a Pink Floyd por homenajearlo








EL CULPABLE











Sábado 30
Realmente Nápoles da para mucho más, pero estoy muy mal ubicada, cansada y con demasiadas cosas con ganas de ver. Ya tengo casi confirmada la llegada de Brendis mañana y el temita de la mala conexión de internet dentro de esta habitación me está sacando la cabeza. Quería encontrar un lugar con playa donde ir con ella, pero eso de tener que estar tirada en el piso con el celular enchufado contra la puerta, no facilita las cosas. Tampoco la escritura de este blog.
Hoy me desperté yo solita con el celular y esperé un rato como para que me traigan el desayuno, pero no pasaba naranja. Ya tenía hambre, se estaba haciendo tarde y pintaba que mi amiga no venía así que me puse un poco más decente y abrí la puerta. Me asomé por el pasillo y esta vez vi una chica rubia, con jeans… o sea, ropa normal, chusmeando el celular. “La colazione?”, pregunté o exigí y despabilé a la rubia que se paró de sopetón y me preguntó qué café quería. Aparentemente mi amiga con ropa de sirvienta tiene franco los fines de semana y esta zángana pinta ser o dueña o amiga de dueños que está dando una mano “sin llevar el desayuno”. ¿Si yo no salía a preguntar no me daba nada?
Ya que estaba esa pánfila, cuando me dijo que me traía el Capucino y después preguntó “due?”, aproveché total qué sabía que mi hermana no estaba y le dije: “sì, due”. Al fin y al cabo el desayuno por dos está pago, igual que los impuestos por dos personas así que no estaría haciendo nada malo. Al contrario, les regalé los otros desayunos.
Al ratito entonces tenía la bandeja, esta vez con dos de cada cosa. Tenía hambre y ese desayuno era mucho más chico que lo de los otros hoteles o b&b, pero tampoco me daba comerme todo. Quién sabe mañana la rubia ni aparezca, nadie me de nada y encima viene sister y seguro algo va a querer comer.
El plan del día era Pompeya. Sabía que podía tomarme la Circumvesuviana como el día de Sorrento pero bajarme antes, así que estaba más que tranquila, acomodando un poco la valija (ya venía Brendis y después nos íbamos) y separando lo que tenía que darle a mi hermana ni bien llegase y lo que no podía dejar que viera porque era regalo de cumpleaños. No tenía pensado pasear por ruinas arqueológicas bajo el sol del mediodía (ya ayer en el micrito me había acordado del gorrito que había dejado en la habitación mientras mi cabeza hervía) así hice todo tranquila. Muy. Tanto que no me di cuenta que ya se estaba haciendo las 11 y según un papel que estaba pegado en la puerta de la habitación, si quería que me limpiaran el lugar, debía dejarlo a esa hora.
Los golpes en la puerta esta vez no se hicieron esperar. “¿Quiere que le limpie?” me dijo una disfrazada de mucama pero con una cara de ojete que ni te cuento. “Sí, salgo enseguida” le dije con miedo porque realmente era una bruja con escoba y todo (literal). ¡Qué humor que tienen estos napolitanos Dios!
Salí lo más rápido que pude y me fui a la Estación que hervía de gente porque, se notaba, ya era fin de semana. Esta vez no sólo estábamos los turistas y potenciados, sino también se sumaban los divinos adolescentes que no sé qué corno hacían pero parecía los habían soltado de la jaula. Mamma mia! ¡Qué cantidad de borregos! Y son todos iguales esos. En cualquier país, en cualquier idioma: son tarados. En fin, todos pasamos por lo mismo. Yo estaba casi con el baldecito y palita en mano, con el sol veraniego de testigo, pero como bien me había dicho la uruguaya: “estos europeos son boludos: ya les dicen que empezó el otoño y se ponen las botas”. Y sí, así estaban las chicas, bronceadas (post verano) maquilladas en extremo (¿qué onda? ¡Sábado a la mañana chicas! Si se pintan así a los 15 qué les queda para los 37?!) y con su ropita de otoño. Bueh, que hagan lo que quieran, yo tengo calor.
La cuestión es que tanto borrego y el tema de sentarme en un lugar incómodo para ver las paradas, me confundió y bueh… aunque no recordaba así la parada “pompei scavi”, bajé. No sea cosa me pase de largo.
Pues no, resulta que me bajé antes. “Boscoreale”, no me olvido más. No pensé que era tan terrible hasta que me di cuenta que parecía una estación fantasma. Encima era de esas subterráneas, o sea, como de subte, lo cual lo hacía más lúgubre. Había olor pis, todo como abandonado y nadie. Respiré cuando de repente se aparecieron una vieja y otra. Se quejaban no sé de qué. “Perdón, el que va a Pompei?”, les pregunté amablemente. “¡Ese que se acaba de ir! ¡Qué desastre! ¡Lo perdimos!”, y mientras pensaba lo estúpida que había sido, escuché algo peor: “y ahora el próximo que andá a saber cuándo viene! ¡Dentro de una hora!”. ¿Cómo dentro de una hora? ¿Y qué hago yo acá? Pensaba mientras la vieja y la otra se iban por un ascensor a las puteadas.
Subí unas escaleras para ver a dónde me llevaban o si había seres humanos a quien preguntar algo. ¿Y si no era el único tren que pasaba por ahí y de repente me iba a cualquier lado? Nadie y nada en ningún lado y no quise seguir subiendo y salir a la superficie por miedo a quedar afuera de ese mundo subterráneo. Por suerte enseguida reaparecieron la vieja y la otra diciendo que en 15 minutos venía el próximo tren y con el correr del tiempo, aparecieron dos o tres personas más y finalmente, el tren.
Pompei. Me bajé. Pero… no era la parada “pompei scavi”… dónde me bajé?
Por suerte parece que en vez de bajarme justo a la entrada de la “reserva”, me bajé a la salida… o mejor dicho en el centro de la ciudad en sí misma. Porque Pompeya, Pompei, existe! Una Pompeya fue sepultada por la erupción del Vesubio que ahí se ve, pero resulta que otra Pompeya existe, con casas, gente que no es momia, negocios… hasta Iglesia (y qué iglesia!) y negocios de turistadas. Sólo tuve que caminar un poquito más, pero en un agradable lugar. Una plaza más como las nuestras, con árboles, bancos, plantas y cemento y la imponente Iglesia blanco ala que se estaba preparando para el festejo de la Virgen del Rosario (por ella su nombre: Santuario de la Virgen del Rosario de Pompeya).
Unas cuadras más y ya me estaban atajando para encajarme la audioguía, planito y demás de la reserva arqueológica. Por supuesto, “alquilé” el combo. Dejé algunos bártulos (ya había comprado regalito de volcán para mi ahijado) y fui con el mapa marcado y la guía en el cuello. Se me rompió el palito de selfie, justo cuando estaba en la puerta del “museo”, pero lamentablemente Pompeya nueva vendía cualquier gansada para turistas menos eso.
Ok, ya sabía que no tenía tiempo para todo y tampoco era mi intención conocerlo todo, y como parece es lo que le sucede a la mayoría, sin casi decirlo, me habían marcado qué sectores del gigante predio no podía dejar de ver y me llevaría dos o tres horas.
Tuve la suerte o la desgracia de entrar por lo que usualmente es la salida y así toparme primero con el anfiteatro. Famoso anfiteatro, al menos para mí que hace años veo una y mil veces, no documentales sobre los cuerpos tan perfectamente conservados, de esa ciudad que quedó inmovilizada por siempre por las cenizas, no! Vi mil veces el recital de Pink Floyd en dicho anfiteatro en los años 70 y después el de Gilmour del año pasado!!  Y parece no era la única que sabía o recordaba eso. Olvidándose quizás de la antigua civilización, los mismos italianos habían dedicado flor de espacio a homenajear a los ingleses que, está bien, habían homenajeado más de una vez tan imponente escenario.
Saqué fotos, filmé… pasé tanto tiempo en el anfiteatro y di tantas vueltas sobre su arena que me mareé y salí más que confundida a pasear por laberintos que alguna vez fueron calles. Estaba tan perdida que no lograba ubicar el relato de la audio guía con lo que estaba viendo. Cada tanto me parecía estar sola, recorriendo esas piedras, esas paredes sin techo, esas habitaciones pequeñas que a veces aún preservaban sus pinturas murales.
Lamentablemente me perdí bastante, tanto que me decidí a caminar y caminar, observar e imaginar por mí misma qué era eso que veía. Trataba de imaginar esa ciudad viva y la verdad era sencillo porque su conservación es maravillosa.
Caminé y caminé por calles, veredas. Me metí donde pude. Di vueltas, caminé derecho, sin rumbo. Cada tanto me topaba con algún otro turista. Así de grande es Pompei.
De repente me vi en la salida, sabía no había visto todo pero ya se hacía tarde y otra vez si quería recuperar mi DNI, tenía que devolver la audio guía antes de las 18 horas.
Caminé un poquito por las calles de la Pompeya actual hasta que me dio hambre y frío. Pedí mi Caprese en un bar escuchando qué grande que era Pipita Higuaín. Me lo decían a mí. Realmente en mis viajes, jamás me han puesto mala cara por decir que era de Argentina, al contrario, siempre un gesto agradable… pero la sonrisa que se genera en los napolitanos, no tiene dimensión. Se iluminan, parecen hasta emocionarse. Increíble. El Papa, Maradona, Pipita… se olvidaron de Messi que es mi mejor representante, pero bueh…
Me volví desde la parada donde había llegado y esta vez seguí derecho hasta Nápoles Central. Crucé a los senegaleses y demás evitando que me encajen carteras, celulares, televisores y andá a saber qué más y llegué a mi “dulce” hogar. Mis macanudos vecinos parecían haberse ido.
Brenda me pasó su vuelo que comencé a seguir de inmediato.
Me dormí re tarde tratando de encontrar dónde ir mañana y cómo.
Ya me estoy pareciendo a mi hermana… se viene el día y aún no sé qué vamos a hacer.




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