viernes, 20 de octubre de 2017

Ciao

Viernes 6,

me quedaba sin abrir la galletita de la suerte que me habían regalado en la Feria aquella en Cambridge. Interesante: "No ayuda apurarse, mejor dejárselo al tiempo".

Rellenitas y listas para partir.


San Pietro in Vincoli. De afuera, no dice todo lo que tiene dentro. Esta Basílica (San Pedro encadenado) es conocida por albergar el mausoleo del Papa Julio II, con la famosa escultura del Moisés de Miguel Ángel (1515)
El Moisés, Miguel Ángel. Escultura de mármol blanco encargada en 1505, realizada en 1513-1515 y retocada en 1542, obra de Miguel Ángel. 

Selfie con Moisés.
Originariamente concebida para la tumba del Papa Julio II en la basílica de San pedro, el Moisés y la tumba se colocaron finalmente en la iglesia menor de San Pietro in Vincoli, tras la muerte del papa. La familia de la que el papa procedía, fueron los mecenas de esta iglesia, y el mismo papa había sido cardenal titular antes de su nombramiento al frente de la Santa Sede.

De frente.
La estatua se representa con cuernos en su cabeza, se dice, por un error en la traducción por parte de San Jerónimo del capítulo del Éxodo.
Diseñado para ser visto desde abajo, y equilibrado por otras siete enormes formas de temática similar, el Moisés actual, en su contexto irrisorio difícilmente puede tener el impacto deseado por Miguel Ángel. El líder de Israel se presenta sentado, con las Tablas de la Ley debajo del brazo, mientras que con la otra mano acaricia los rizos de su barba.
Miguel Ángel pensaba que el Moisés era su creación con mayor realismo. la leyenda cuenta que, al acabarlo, el artista golpeó la rodilla derecha de la estatua y le dijo "¿por qué no me hablas?", sintiendo que la única cosa que faltaba por extraer del mármol era la propia vida. en la rodilla se puede encontrar la marca del golpe.

Las cadenas de San pedro.
Según cuenta la leyenda, la empratriz Eudoxia (esposa del emperador Valentiniano III) ofreció las cadenas como regalo al papa León I el Magno. Cuando éste las comparó a las cadenas del primer encarcelamiento de san Pedro en la cárcel Mamertina en Roma, las dos cadenas se unieron milagrosamente. Las cadenas se guardan en un relicario bajo el altar principal de la Basílica. 
Piazza Venezia. Monumento a Vittor Emanuele II

No saqué más fotos que al cartel, pero el Largo di Torre Argentina, es una plaza que contienen cuatro templos romanos republicanos, y los restos del Teatro de Pompeyo. A pesar de lo que yo creía (qué ignorante) el nombre de la plaza viene de la Torre Argentina, que toma su nombre de la ciudad de Estrasburgo, cuya denominación original era 'Argentoratum".

Piazza Navona

En Piazza Navona, una de las fuentes es ésta: La Fuente de Neptuno (1574)

También en Piazza Navona: Fuente de los Cuatro Ríos: de la época barroca. Encargada por el papa Inocencio X a Bernini. Su construcción se realizó entre 1648 y 1651. Representa los cuatro grandes ríos del mundo conocido por entonces: Nilo (África), Ganges (Asia), Danubio (Europa) y Río de la Plata (América). La fuente se encuentra coronada por el obelisco de 17 metros de altura, que un emperador mandó a construir en Egipto.

manteniendo la Fuente de los cuatro ríos
Campo dei Fiori. Coloridos y seguramente demasiado picantes pimientos.
Hasta el siglo XV la plaza no existía y en su lugar había un prado florido, del cual deriva su nombre. Al pavimentarse y estar aledaño a un edificio de la familia Orsini se convirtió en paso obligado de personalidades relevantes como embajadores y cardenales. Esto hizo que la plaza se convierta en sede de un floreciente mercado de caballos y luego de locales, albergues y talleres de artesanos.
También tenían lugar las ejecuciones públicas. 

Campo dei fiori y sus "fiori".
Desde el año 1869 tiene lugar un mercado popular que antes se celebraba en la Piazza Navona


fresca ensalada de frutas (o "macedonia", en italiano) de banana e fragola

corto paso por el Tevere


en el tren de Termini a Fiumicino: valijita y "valijón"

muy buena experiencia

rica comida (después llegó el desayuno)

ya era conocido, pero de los mejores inventos: hermoso saber por dónde andas volando. Cada tanto tenía que chusmearlo.


El último día siempre se mezcla con ese sabor amargo de la partida, de dejar con ese cansancio y con esas ganas de contar lo vivido, de volver a lo tuyo y los tuyos. Al menos eso me pasa a mí que evidentemente no nací para vivir en otro lado que no sea en La Plata… por suerte o por mala suerte. Al menos tengo la “fortuna” como llaman a la suerte los italianos y acá también queda muy bien, de poder cada tanto darme estos gustos que como esta vez, suelen ser placeres inolvidables.
No dudaba en que volvería a Roma ni en que me volvería a gustar. Tampoco pasaron tantos años, tampoco soy tan distinta al 2011. Pero este septiembre/ octubre de 2017 confirmé que para mí (y tantos otros) Roma es hermosa. Italia, me encanta y aún me queda mucho de ella por conocer, pero Roma… es especial. Volví a caminar por las mismas calles y aunque a veces me recordaba a mí misma hace años, otras muchas más veces me parecía que eso y aquello no lo había visto, era nuevo aunque conocido. Raro. Maravilloso. No me pasó con Londres, aunque no le voy a negar otra oportunidad durmiendo en él y no en Cambridge. Sí sucedió acá, en Roma… con los inmigrantes, los turistas… las fuentes, las iglesias. Las subidas, las bajadas, las motos, los romanos. Las ruinas que la hacen única y fabulosa, ¿qué otra Capital del mundo convive a diario con el Coliseo y el subte, los vestigios de los foros del Imperio romano y los edificios de la era fascista?

Había dejado casi todo acomodado en las valijas que casi explotaban y seguro pesaban más de lo que debían. Esta vez no me despertaron los del hotel sino que me desperté solita, después de haber dormido sabiendo que aún podía aprovechar unas horas en esta divina ciudad, en este viaje.
Desayuné mis tostadas con “burro” y “confitture di pesche” (manteca y mermelada de durazno), yogurt, jugo de naranja, cappuccino y seguro algo más. De este viaje también voy a poder decir que he comido como nunca. No cosas raras ni gourmet porque estaría faltando a mi esencia, pero sí mucha cantidad de todo eso que me encanta: ¡harinas! De este viaje entre otras cosas, me llevo todos los kilos que había bajado en el año. Kilos en las valijas y en el cuerpo, demostrando que mi propio organismo me muestra que no importa cuánta actividad física haga (pocas veces caminé tanto): si como cual criatura, subo de peso.
Me puse “fresquita” y dejé preparado todo como para ir al aeropuerto. Hice el check out del hotel, que no era más que decir: arrivederci, porque ya había pagado al llegar, y me dejé livianita como para recorrer mis últimas horas por Roma sin peso. Puse candado y candadito y en una de las habitaciones donde había desayunado, me permitieron dejar mis petates: valija, valijita, cartera, súper bolsa.
No podía irme de Roma sin volver a ver todo eso que había visto y me había encantado. No podía irme sin pasar a saludar a Moisés, en San Pietro in vincoli, así que agarré Via Cavour y un par de volteretas después (el lugar donde está la Iglesia es tan maravilloso como lo que tiene dentro) llegué a destino. Ahí estaba ese grupo escultórico imponente, bello. Y ahí estaba yo sin el palito pero con celular con cámara para selfie así que al fin pude sacarme una foto con él.
También estaban las cadenas de San Pedro.
Retomé lo que quedaba de Via Cavour para volver a la Via dei Fori imperiali, esa que te lleva de repente a un pasado tan, tan remoto, donde podes imaginarte a lo que fue el gran Imperio Romano, caminando con sus sandalias por ese suelo que pisas vos.
Volví a pasar por Piazza Venezia y el monumento de Vittorio Emanuele y al soldado “ignoto” que seguía ahí, con sus escaleras llenas de turistas y rodeados por el intenso tráfico.
La Via del Plesbiscito no la conocía, pero me acercaba a la hermosa Piazza Navona que seguía como la recordaba o incluso mejor porque el día acompañaba, no había taaaanta gente y sus fuentes lucían mucho más cuidadas. Incluso a una la estaban “destapando”.
Lo nuevo de estas últimas horas en Roma, fue llegar a Campo dei Fiori, pero esta vez, llena de puestos. De Flores (fiori), frutas, verduras de todos colores y también de artesanos: de comidas y objetos. “Fideos” de todo tipo, especias miles. Juntas, separadas, listas para una salsa: a la fiorentina, a la romana… “a la Italia”. Quesos, embutidos… “salumi”. Carteras, billeteras y demás cosas de cuero. Boinas y sombreros. Colores, olores, sabores.
Tuve el placer, aún con poco tiempo, de sentarme en un rinconcito a observar a los romanos hacer sus compras y a los turistas, mientras degustaba una ensalada de frutas fresquita, recién hecha, ante mis ojos.
No podía quedarme más, tenía que irme casi corriendo, pero no pude evitar mirar mi arrugado mapa y aunque era más largo el camino, hice que para mi vuelta al hotel, tuviese que pasar al menos a mirar un ratito, al río Tevere. Dos segunditos nomás. Quería mirar, como si con la vista pudiese llevarme un poquito de todo eso.
El romanticismo me duró poco, aunque la lluvia repentina y finita, acompañó.
Me dolían los pies, me mojé un poquito, transpiré nerviosa mientras mis piernas iban a toda máquina. Lo lindo de la città de repente me hacía temblar pensando que podía llegar a perder el vuelo.
Exageraciones de mi mente, por supuesto. Aunque llegué justito, busqué mis pesadas valijas, bolso y bolsas, cambié de cartera y puse la documentación necesaria: ya no era cartera de paseandera ligera sino de extranjera que debe partir.
Perdí el tren que pensaba tomar, pero lo bueno de este medio de transporte Termini- Fiumicino es que pasan más que seguido.
14:30, empujando gente con todas mis cosas subí al tren y a menos de una hora ya estaba en el aeropuerto.
Hacer la cola para despachar la súper valija era ya casi estar volviendo a Argentina. Eso es lo que tiene viajar por la aerolínea de bandera.
Bien para taparme todos los prejuicios, los tanos con uniforme con banderita argentina, fueron atentos, expeditivos y no me hicieron ningún problema por mi bolsa, bolsita o bolsón.

El vuelo fue tranquilo, nocturno, lo cual lo transforma en casi más corto. Entre la comida, la versión argenta de “Inseparables” y la dormilona, ya estaba otra vez en Argentina. Con cinco horas menos (o sea, ¿horas que ya había vivido?) y antes del amanecer.

Padres me esperaban y sólo me quedaba llegar a mi ciudad de diagonales y sobre todo, a mis bebés de cuatro patas que, aunque mi viaje fue estupendo, las extrañé.
Las vi en los 500 perros que vi en Italia, porque con este viaje corroboré que los tanos son bien perreros… incluso más que yo. Están en todos lados, acompañando a sus dueños. Bares, micros, trenes, aviones, restaurantes, locales de ropa, shoppings, playa, etc.
Me imaginé a paseando a mis bebitas por la peatonal de Palermo, esa que veía desde el balcón del “lujoso” PORTA MAQUEDA; las imaginé conociendo la arena en Cefalù, molestándome con las subidas y bajadas de Taormina; Las vi olfateando Pompeya o en la Circumvesuviana; estaban conmigo cuando veía a ese chico yendo en el tren a Sorrento con su perrito en un bolso; Las escuché ladrando en Nápoles con todas esas sirenas ó luciéndose conmigo en las calles de Roma. Las soñé saludando a hermanita en el pulcro Cambridge, subiéndose a la cama con nosotras y festejando el cumpleaños.
Casi tres semanas de caminar, andar en tren, en micro turístico, en micro de línea. En avión, avioncito, en taxi, en combi.
Tosiendo desde el primer día hasta el último; viendo cómo algunos planes se desinflaban pero por eso mismo, surgían nuevas experiencias.
Viaje mucho sola y para mi sorpresa, me gustó más de lo que pensaba. Sólo extrañaba compañía algunas noches cuando pensaba que quizás podía salir a comer algo afuera, pero sola me angustiaba. Pero ese no fue motivo de bajón.
 Palermo me sorprendió para bien, Nápoles me decepcionó… o no colmó mis expectativas porque elegí mal el alojamiento, de lo cual me arrepentí.
Cefalù y Sorrento fueron de ensueño. La playa inhóspita con hermana vino bien al cuerpo, al alma. Los museos que visité de Roma me pusieron la piel de gallina.
Conocí ¿nuevo pariente político?; me reí con argentos en Inglaterra y pude disfrutar relajadamente la fiesta de cumple de mi hermanita, sin preocuparme por nada, ni siquiera por sus indecisiones y su vueltas.
Sicilia es súper recomendable y me quedé con muchos lugares por conocer.
Nápoles tendrá otra oportunidad.
Y Roma, será siempre la ciudad para volver.

Arrivederci Italia.  Volveré con más vocabulario.

jueves, 19 de octubre de 2017

Una gita a Roma (Una excursión en Roma)

Jueves 5,

Basílica Santa Maria degli Angeli e dei Martiri (Basílica Santa María de los Ángeles y de los Mártires). Edificio diseñado por Miguel Ángel en 1562 sobre la base del aula central de las Termas, a solicitud del Papa Pio IV. La dedicación a los mártires hace referencia al dato de los cristianos, según el cual las Termas de Diocleciano fueron construidas con el trabajo de cristianos hechos esclavos.


¿Qué tul? Ciencia en una Iglesia de Roma: el péndulo de Galileo

"Isocronismo en las oscilaciones del péndulo. Aquí las exactas palabras de Galilei: 'la otra particularidad, verdaderamente maravilloso, es que el mismo péndulo realiza sus vibraciones con la misma frecuencia, o poquísima o casi insensiblemente diferente'. Galileo Galilei, Operas IV, 475-476.
La regularidad de los movimientos pendulares abrían nuevos horizontes, en los cuales Galilei creía firmemente: la universalidad de todos los movimientos, sean ellos rectilíneos, circulares, parabólicos. No era un mero descubrimiento. Desde los albores de la cultura los movimientos rotatorios eran considerados privilegio de las esferas celestes. Descubrir que todos los movimientos eran manifestaciones distintas de la misma entidad llamada "moto/movimiento tenía como consecuencia darle a las piedras el mismo privilegio que tenían las estrellas".




Piazza Spagna. Columna de la Inmaculada Concepción, dogma católico con especial difusión entre los católicos españoles. 

Via Condotti: una de las calles más famosas de Roma. En la época de la Antigua Roma fue una de las calles que cruzaban la antigua Via Flaminia y permitía que las personas que cruzaban el Tevere (Tíber) llegaran a la colina de Pincio (Villa Borghese). Comienza en Piazza Spagna.
Via Condotti es un centro de compras de moda, desde que el taller de Bulgari abrió sus puertas en 1884. Acá como vemos: Dior. 

¿No se acuerdan de Valeria Mazza bajando estas escaleras? Escalinata en piazza Spagna

"En este hotel terminaba la noble vida el 17 de marzo de 1891 el Príncipe Girolamo Napoleone, esposo de Clotilde de Savoia, nieto del gran emperador.  En tiempos de anhelos y de esperanzas con trabajo asiduo y vívido propugnó la independencia y la libertad nuestra y de Roma como capital de Italia. La gobernación de Roma"
Cositas de Roma que me gustan.  

Obelisco Flaminio en la Piazza del Popolo. Uno de los primeros traídos desde Egipto.

¿Cómo puede ser que yo algún día después de tanto caminar, haya aceptado subir al Pincio? Ahí. Sigan mi mirada. Esa terraza, balcón arriba de la construcción. Terraza de Villa Borghese. Qué suerte que fui alguna vez. Roma se ve hermosa.

Esto pasa en Roma: haciendo shopping por via del Corso ves algo viejo (obvio) te acercas y pum: Basílica Barroca

Zoom: Basílica San Giacomo in Augusta. Comenzada en el Siglo XIV y concluida en el 1600.

por dentro: mi infaltable saludo a San Antonio... no por el novio, en homenaje a mi abuela Lidia.




almuerzo a las 15: Ensalada César ¿?


Los rayos de sol parecen salir de la Columna de Marco Aurelio, en Piazza Colonna. Este monumento fue construido entre 176 y 192 para celebrar, después de su muerte, las victorias del emperador romano.

momentos: burbujas de un payaso en Roma.

Ecco:ella: La Fontana di Trevi


Se puede seguir haciendo, o al menos nadie me lo impidió. En 2011 tiré moneda y volví. Hoy también lo hice y sé qué voy a volver.

limpia

¿Qué tul? Tomando heladito sentada en las escalinatas de una Iglesia enfrente de la fuente. Parezco presa, pero no.

Dos golpes secos y potentes me despertaron de sopetón. “Voy”, dije mientras aturdida saltaba de la cama. Miré el celular y casi era la hora en que terminaba el momento del desayuno. Me di cuenta rápido, o sea que me despierto bastante avivada. Me han hecho el favor de despertarme “suavemente” golpeando la puerta así no me perdía mi única comida paga. Quién sabe a qué hora me habré dormido anoche con ese día que me había dejado tan perpleja y con el rejunte de cansancio de ya casi tres semanas de viajes.
Al final se nota que no era la dormilona porque aunque fui al salón de desayunos con mucha vergüenza por la hora, un par de parejas alemanas, también recién llegaban.
Mis últimas 24 horas enteras en Europa, en Roma. Tan “beia” mi Roma…
Ni bien había llegado de la Argentina, había intentado ver (y sobre todo entrar) a todos eso lugares a los que no había ido cuando la conocí en 2011.
En 2011 Roma me había encantado, aún con sus casi 40 grados de sensación térmica. Pero casi que sólo la había conocido “desde afuera”. La había caminado casi todo, subiendo y bajando… yendo a extremos impensados, pero excepto al Coliseo, El Vaticano o San Pietro in Vincoli (donde está el Moisés de Miguel Ángel, no había entrado a ningún museo, iglesia o galería. Éste era mi momento de “entrar” a Roma.
Me liberé un poco de peso, me puse fresca y empecé mi recorrido. Esta vez quería llegar hasta la Piazza del Popolo para poder entrar a su Iglesia, entre otras cosas.

Ni bien comencé mi camino me topé con la majestuosa Santa Maria degli angeli e dei martiri, justo enfrente de la Piazza Repubblica. La recorrí entera y me encontré, entre otras cosas, con un calendario solar (o algo así) y un gran péndulo.
Volví a pasar por la calle de las cuatro fuentes pero esta vez llegué a la Piazza Barberini, entre el caos vehicular, con su imponente Fuente del Tritón, una de las tantas obras que dejó en Roma el gran Bernini.
Antes de llegar a mi primera meta, pasé por la ya conocida por mí, Piazza Spagna, con sus escaleras conocidas para nosotros por los desfiles de los años ’90: Donna sotto le stelle. En 2011 había visto esas escaleras colmadas de gente, esta vez también había bastante turismo, pero no tanto: podía ver sus escalones.
Seguí sin detenerme por la Via del Babuino, chocándome cada vez con más turistas y negocios, hasta que llegué a la Piazza del Popolo. Ahí estaba otra vez, pero quizás con otra atención. Ahí estaba el obelisco egipcio, ahí asomaba el “Pincio”, mirador de Villa Borghese. Lo miraba y no podía creer haber subido ahí. Menos mal que ya lo había hecho porque hoy estaba caminando mucho y pensaba caminar mucho más como para andar subiendo a mirar Roma desde un poco más arriba.
Mi idea, incluso aquel día sola en 2011, era entrar en la Basílica y ya no me acuerdo dónde más. En 2011 me entretuve con otras cosas y jamás la encontré. Ahora, vi un gran “telón” que la tapaba anunciando “modificaciones”. No sé si era ahí, no sé si eso era lo marcado en mis planes… ya hacía casi tres semanas completas que estaba paseando y tenía todo mezclado.
Otra vez, tomé Via del Corso, la calle de los negocios y por supuesto, entré a más de uno y busqué más de una oferta. Compré regalos y también, le di tiempo a lo espiritual entrando por ejemplo a la Basílica San Giacomo.
Cerca de las tres de la tarde me dio hambre y sobre todo, ganas de hacer pis, así que frené al final en un bar donde me pareció iba a haber un baño lindo para usar… y me senté a comer una Caesar Salad que no sé qué tenía de Caesar, pero sí era una “salad”.
En mi caminata bajo el sol en mi último día entero en Europa, en Roma, pasé por la columna de Marco Aurelio, nos sacamos unas selfies y pegué una vueltita para no irme de la ciudad, sin volver a ver la Fontana di Trevi.
Algo había distinto. Menos gente o menos amuchada, seguro. Lucía más limpita, más “blanca”. Estaba rodeada por rejas y por dos o tres señores con silbato que paraban que tocar. No sé cuándo tenían que tocar o por qué, pero cada uno o dos minutos, te sobresaltaba el pitido. Están más organizados los tanos. O con el miedo europeo a las aglomeraciones. La gente circulaba un poco más sin eternizarse en la fuente: sacaba sus fotitos, filmaba y circulaba… o al menos era lo que creo pretendían los señores del pito. Yo me quedé todo lo que quise y aunque parezca mentira, pude hasta sacar foto sin que salga gente… por supuesto no de toda la fuente con edificación y demás porque creo es realmente imposible, pero… bastante bien.
Antes de terminar mi día que por supuesto siguió con una larga caminata… la del regreso, compré mi heladito romano porque debía hacerlo.
¡Qué linda ciudad Roma! ¡Tantas cosas para ver! ¡Tantas cosas para volver a ver! ¡Tanto por descubrir!
No me daba el tiempo y mucho menos las piernas. Quizás debería haber tomado algún subte para ganar minutos, pero caminar Roma, aún cansada después de tanto caminar, fue, es y será hermoso. Lo volvería a hacer y sé, lo volveré a hacer.

Ciao Bella

lunes, 16 de octubre de 2017

Intensamente

Miércoles 4,

despedida del otoñal Cambridge

en el lindo, cómodo y vacío tren Inglés. Camino al aeropuerto


no hay más para ilustrar en fotos. Fue un día muy intenso

Un poco después de las 16 horas de Inglaterra, tenía mi vuelo a Roma para pasar mis últimos días en Europa.
El festejo de cumple se había extendido un poco más para las argentas trasnochadoras. Nos quedamos limpiando el bardo y así sin quererlo nos acostamos ya siendo el día siguiente.
Al ya haber estado tanto tiempo en Cambridge dos años atrás, no tenía la presión de conocer, de filmar, de sacar fotos, de comprar recuerdos. Y realmente exageré tanto eso que no saqué la Nikon en ningún momento y la cámara de video la usé muy poco (en todo el viaje la verdad que casi ni la usé) sólo para filmar cómo hermana abría regalos o cómo soplaba la velita.
Y más allá del paso fugaz por Poundland y Primark el primer día cuando llegué, ni siquiera había ido al shopping que tanto me gusta y supuestamente lo tenía tan cerca. Sí que tenía lapiceras y bolsas de tela para tirar para arriba y gratis, pero lo que no podía hacer era irme de Cambridge sin los dos chromecast. Uno tenía, faltaba el otro.
Eso fue lo único que hice la última mañana, en mis últimas horas en el fresco Cambridge. Después, terminé de cerrar a los ponchazos ambas valijas, cargué cartera y la bolsa gigante en la que llevaba todo lo que venía comprando en los freeshop (y todo lo que no había podido meter en las valijas). No entiendo por qué tanto bardo si al final no fue un viaje caracterizado por la compra. He tenido peores. Pero bueno, así estaba. Según hermana (y según mi parecer también) esta vez el problema era que la valija “grande” que madre compró el año pasado y me prestó, sólo tenía dos o tres centímetros más que la chiquita.
Era miércoles y Brenda tenía que ir a trabajar así que me acompañó llevando algunas cosas hasta la terminal de trenes y ahí nos despedimos.
Pocos días, lindos… así sí. Fue un buen encuentro, con novedades, con festejo, con playa, cerámicos, charlas. Lo más probable es que nos volvamos a ver para las fiestas si es que finalmente decide venir. El año que viene supuestamente debe terminar el doctorado y ahí se hace como una súper fiesta a lo Harry Potter, con capa, sombrero, procesión y no sé qué más, y mámele y tía ya estarían comprando la entrada pero en vez de viajar yo, todos querríamos viajase por primera vez padre así que… veremos.
Subí casi primera al limpio tren que me llevaba de Cambridge al aeropuerto de Londres Stansted. Una hora después, ya estaba ahí. Súper lista para volver a mi querida Italia… a mi adorada Roma.
Un buen rato en el free shop y lista para subir al avión primera ya que tenía prioridad por haber pagado más, como la otra vez. Ahora, habiendo aprendido por experiencia propia, había llevado impreso el boarding pass y me había asegurado le pusieran el puto sello que decía que no necesitaba visa. Otra vez volaba por Ryanair y estaba entre británicos, no quería que me hincharan más.
¡Pero qué equivocada estaba! Más allá que no creo que a los británicos los latinos le caigamos bien, creo que contratan en los aeropuertos a la gente más chota del país. Creo. Prefiero creer eso y no que son unos rompe kinotos todos los ingleses. Mi flamante cuñado no es nada mala onda.
Resulta que la felicidad por mi prioridad se vio opacada cuando el viejo inglés me vio con tanto bártulo. “Sólo dos bolsas en cabina” me dijo señalando un cartel. Era verdad, leía el cartel, pero el tercer “bolso” no era más que la bolsa con productos de free shop, que está bien, yo la tenía llena de varias cosas de otros lados, pero también contenía la última bolsa de free shop que me habían dado ahí.
Mientras todos los demás subían tranquilamente al avión… bah, los dejaban pasar para llegar abajo y después ir hasta el avión, yo sin saber qué hacer estaba a un costado con mi valijita, mi cartera y mi bolsa de free shop. “Son sólo dos bolsos señora” me decía cada vez que me miraba el viejo inglés de mierda. “Y, ¿pero qué quiere que haga? ¿Que tire algo? ¡No puedo tirar o dejar ni la valija, ni la cartera ni la bolsa del free shop que me acaban de dar!”, dije indignadísima en mi hermoso inglés. “Sólo dos” seguía repitiendo el muy forro.
¡Qué ganas de estamparle una cachetada! No sabía si llorar, si putear… ¿qué hacía?
Después que más o menos pasaron todos los pasajeros y la tripulación, el fucking inglés que me había detenido se apiadó de mí o no sé qué y se dignó a decirme que tendría que pagar por esa otra “bolsa”. No me acordaba cuánto había pagado el pasaje, pero el monto que me pedían por la cartera o la bolsa del freeshop, era más que el pasaje seguro. No podía evitar recordar al australiano del viaje de ida a Londres cuando en voz más bajita me decía: “y claro, haciéndote pagar papelitos o multas es cuando recuperan el dinero. Por eso cobran tan barato los pasajes, porque después te ‘cagan’ con otros cargos repentinos”. Ryanair en Italia no me había causado problema alguno, es más, la había elegido sobre “easyjet” por ejemplo, porque madre me había dicho que los españoles eran re densos con los “bultos”. También es cierto que desde que había llegado a Europa, a Italia, lo único que había visto mil millones de veces en cada uno de los noticieros, había sido el gran problema que tiene la aerolínea low cost (además de la noticia del ajustado triunfo de la Merkel en Alemania).
No me quedaba otra. Me quería ir con más ganas aún de esa Inglaterra que parecía echarme otra vez, con una linda patada en el culo. Quise pagar en efectivo para olvidar de una el mal trago y no recordarlo con el resumen de la tarjeta un mes después, pero por supuesto el inglés no me dejó ni ese gusto. “No se preocupe”, me decía el viejo mientras pasaba mi tarjeta, “Ya pasó. La próxima no sucede”. “Es que no va a haber próxima vez” dije sarcástica como si al inglés le importarse mi amenaza de no usar más Ryanair.
Masticando bronca me fui de Inglaterra. Olvidándome que en ese país está sister, que es tan lindo, que tiene tan buenos músicos, que tiene un idioma y un acento hermoso… me fui a las puteadas con ganas de no volver nunca más.
Por suerte el cansancio y la bronca me llevaron un poco al sueño y pude dormir quizás una de las tres horas del vuelo hasta Roma.
Geminiana, llegué al atardecer/ noche de Roma, con una sonrisa.
Esta vez llegaba a otro aeropuerto, más pequeño y más cercano a la ciudad en sí. El aeropuerto Ciampino me recibió sin las 1500 preguntas de los ingleses y después de buscar la valija, ya estaba afuera. Antes había averiguado cómo podía llegar hasta el hotel y así fui directo al local de venta de pasaje del micro que me iba a dejar en Termini.
Subí con las pocas fuerzas que me quedaban, mis dos valijas al baúl del micro y después de un rato empezamos el viaje.
Por suerte recordaba Termini como la palma de mi mano y aunque la parada del micro era del otro lado, no era nada lejos de mi hotel Max.
Era de noche, había tantos inmigrantes como jóvenes pero con tantos turistas también dando vuelta que no me generaban nada de temor.
Empujando como podía todos mis petates llegué al hotel.
Justo me abrieron unos que salían y atrás mío, entraron dos mujeres… extrañas. Se quedaban atrás mío de forma sospechosa, pero yo estaba muy preocupada por empujar mis 80 kilos de equipaje que ni llegué a preocuparme y es más, les dije que subieran tranquilas. A una la perdí de vista enseguida mientras me lastimaba un tobillo con una de las ruedas de la valija más grande. Por si faltaba algo, Roma estaba mucho más calurosa que cuando la había dejado. Tenía que subir unos escalones hasta llegar al bendito ascensor y ahí, mientras subía una a una las valijas y los escalones, me di cuenta lo que estaba sucediendo ahí a la vueltita del ascensor nomás, a uno dos metros mío. Una de las “chicas”, bastante despechugada y apretujada y con una apariencia bastante de travesti, estaba… haciéndole un favorcito a uno que no había llegado a ver. Escribo y no puedo evitar que me vuelva esa gran sensación de asco, incomodidad… no sé si era miedo, era feo, feo, horrible. No sé si fue mi presencia o qué, pero fue cuestión de terminar de subir todos mis petates hasta donde estaba el ascensor para que la “chica” se fuera muy, muy apurada y el señor en cuestión pasara por mi lado, yéndose qué sé yo a dónde, mientras sin vergüenza alguna, se subía el cierre del pantalón.
Ay ay ay ay! Qué momento. Llegar al tercer piso aún en ascensor fue, eterno.
En la receptoría del hotel estaba ese que yo ya había visto le tocaba el turno noche. Él no se acordaba de mí y al darme la bienvenida quiso darme un mapa de roma e indicarme qué ver. Le dije que no hacía falta, que había estado hacía dos semanas.
Esta vez me dieron una habitación en el mismo piso de la receptoría y por ende de los salones del desayuno. Una habitación verdaderamente para una persona, con una pequeña cama, un pequeño espacio, un pequeño placard… y por supuesto sin balcón. Nada que ver a la habitación de los primeros días.
Me refresqué un poco, dejé todo y salí a buscar comida… ahí nomás por Termini. No me daba miedo el barrio como sí había sucedido en Nápoles, pero no sé si porque llegué más tarde, o porque era jueves (¿?) empecé a descubrir otra bondad de las inmediaciones del hotel y la terminal: resulta que era como una zona roja y bueh, por lo que había sucedido antes, el edificio del hotel parecía ser un espacio donde lograban meterse a hacer algunas prácticas.
Qué asquete que me daba volver a pasar por esa escalera, no podía y no pude más, sacarme esas primeras imágenes de mi mente. Al menos mientras pasaba por ahí. Pensé en decírselo al tipo de la recepción, pero estaba demasiado cansada. El calor, la indignación. La caminata por el fresco y con las valijas, el viaje en tren, el del avión, el micro, la caminata por la calurosa noche de Roma, la situación al entrar al hotel…  Too much.
Me bañé, bajé decibeles. Desordené todo, saqué casi todo de las valijas con intención de ordenarlo pero no lo hice. Me abrí una birra y mirando por la ventana que sí tenía en la pequeña habitación, me entretuve mirando una entrada de Termini, un bar, una calle… y unas dos o tres prostitutas (para mí travestis)  se acercaban a unos hombres mientras jóvenes adolescentes pasaban por su lado, en cualquier otro mundo.


Ciao

Viernes 6, me quedaba sin abrir la galletita de la suerte que me habían regalado en la Feria aquella en Cambridge. Interesante: ...