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| me quedaba sin abrir la galletita de la suerte que me habían regalado en la Feria aquella en Cambridge. Interesante: "No ayuda apurarse, mejor dejárselo al tiempo". |
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| Rellenitas y listas para partir. |
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| El Moisés, Miguel Ángel. Escultura de mármol blanco encargada en 1505, realizada en 1513-1515 y retocada en 1542, obra de Miguel Ángel. |
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| Piazza Venezia. Monumento a Vittor Emanuele II |
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| Piazza Navona |
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| En Piazza Navona, una de las fuentes es ésta: La Fuente de Neptuno (1574) |
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| manteniendo la Fuente de los cuatro ríos |
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| Campo dei fiori y sus "fiori". Desde el año 1869 tiene lugar un mercado popular que antes se celebraba en la Piazza Navona |
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| fresca ensalada de frutas (o "macedonia", en italiano) de banana e fragola |
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| corto paso por el Tevere |
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| en el tren de Termini a Fiumicino: valijita y "valijón" |
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| muy buena experiencia |
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| rica comida (después llegó el desayuno) |
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| ya era conocido, pero de los mejores inventos: hermoso saber por dónde andas volando. Cada tanto tenía que chusmearlo. |
No dudaba en que volvería a Roma ni en que me volvería a
gustar. Tampoco pasaron tantos años, tampoco soy tan distinta al 2011. Pero este
septiembre/ octubre de 2017 confirmé que para mí (y tantos otros) Roma es
hermosa. Italia, me encanta y aún me queda mucho de ella por conocer, pero Roma…
es especial. Volví a caminar por las mismas calles y aunque a veces me
recordaba a mí misma hace años, otras muchas más veces me parecía que eso y
aquello no lo había visto, era nuevo aunque conocido. Raro. Maravilloso. No me
pasó con Londres, aunque no le voy a negar otra oportunidad durmiendo en él y
no en Cambridge. Sí sucedió acá, en Roma… con los inmigrantes, los turistas…
las fuentes, las iglesias. Las subidas, las bajadas, las motos, los romanos. Las
ruinas que la hacen única y fabulosa, ¿qué otra Capital del mundo convive a
diario con el Coliseo y el subte, los vestigios de los foros del Imperio romano
y los edificios de la era fascista?
Había dejado casi todo acomodado en las valijas que casi
explotaban y seguro pesaban más de lo que debían. Esta vez no me despertaron
los del hotel sino que me desperté solita, después de haber dormido sabiendo
que aún podía aprovechar unas horas en esta divina ciudad, en este viaje.
Desayuné mis tostadas con “burro” y “confitture di pesche”
(manteca y mermelada de durazno), yogurt, jugo de naranja, cappuccino y seguro
algo más. De este viaje también voy a poder decir que he comido como nunca. No cosas
raras ni gourmet porque estaría faltando a mi esencia, pero sí mucha cantidad
de todo eso que me encanta: ¡harinas! De este viaje entre otras cosas, me llevo
todos los kilos que había bajado en el año. Kilos en las valijas y en el
cuerpo, demostrando que mi propio organismo me muestra que no importa cuánta
actividad física haga (pocas veces caminé tanto): si como cual criatura, subo
de peso.
Me puse “fresquita” y dejé preparado todo como para ir al
aeropuerto. Hice el check out del hotel, que no era más que decir: arrivederci,
porque ya había pagado al llegar, y me dejé livianita como para recorrer mis últimas
horas por Roma sin peso. Puse candado y candadito y en una de las habitaciones
donde había desayunado, me permitieron dejar mis petates: valija, valijita,
cartera, súper bolsa.
No podía irme de Roma sin volver a ver todo eso que había
visto y me había encantado. No podía irme sin pasar a saludar a Moisés, en San
Pietro in vincoli, así que agarré Via Cavour y un par de volteretas después (el
lugar donde está la Iglesia es tan maravilloso como lo que tiene dentro) llegué
a destino. Ahí estaba ese grupo escultórico imponente, bello. Y ahí estaba yo
sin el palito pero con celular con cámara para selfie así que al fin pude
sacarme una foto con él.
También estaban las cadenas de San Pedro.
Retomé lo que quedaba de Via Cavour para volver a la Via dei
Fori imperiali, esa que te lleva de repente a un pasado tan, tan remoto, donde
podes imaginarte a lo que fue el gran Imperio Romano, caminando con sus
sandalias por ese suelo que pisas vos.
Volví a pasar por Piazza Venezia y el monumento de Vittorio
Emanuele y al soldado “ignoto” que seguía ahí, con sus escaleras llenas de
turistas y rodeados por el intenso tráfico.
La Via del Plesbiscito no la conocía, pero me acercaba a la
hermosa Piazza Navona que seguía como la recordaba o incluso mejor porque el día
acompañaba, no había taaaanta gente y sus fuentes lucían mucho más cuidadas. Incluso
a una la estaban “destapando”.
Lo nuevo de estas últimas horas en Roma, fue llegar a Campo
dei Fiori, pero esta vez, llena de puestos. De Flores (fiori), frutas, verduras
de todos colores y también de artesanos: de comidas y objetos. “Fideos” de todo
tipo, especias miles. Juntas, separadas, listas para una salsa: a la
fiorentina, a la romana… “a la Italia”. Quesos, embutidos… “salumi”. Carteras,
billeteras y demás cosas de cuero. Boinas y sombreros. Colores, olores,
sabores.
Tuve el placer, aún con poco tiempo, de sentarme en un
rinconcito a observar a los romanos hacer sus compras y a los turistas,
mientras degustaba una ensalada de frutas fresquita, recién hecha, ante mis
ojos.
No podía quedarme más, tenía que irme casi corriendo, pero
no pude evitar mirar mi arrugado mapa y aunque era más largo el camino, hice
que para mi vuelta al hotel, tuviese que pasar al menos a mirar un ratito, al
río Tevere. Dos segunditos nomás. Quería mirar, como si con la vista pudiese
llevarme un poquito de todo eso.
El romanticismo me duró poco, aunque la lluvia repentina y
finita, acompañó.
Me dolían los pies, me mojé un poquito, transpiré nerviosa
mientras mis piernas iban a toda máquina. Lo lindo de la città de repente me
hacía temblar pensando que podía llegar a perder el vuelo.
Exageraciones de mi mente, por supuesto. Aunque llegué
justito, busqué mis pesadas valijas, bolso y bolsas, cambié de cartera y puse
la documentación necesaria: ya no era cartera de paseandera ligera sino de
extranjera que debe partir.
Perdí el tren que pensaba tomar, pero lo bueno de este medio
de transporte Termini- Fiumicino es que pasan más que seguido.
14:30, empujando gente con todas mis cosas subí al tren y a
menos de una hora ya estaba en el aeropuerto.
Hacer la cola para despachar la súper valija era ya casi
estar volviendo a Argentina. Eso es lo que tiene viajar por la aerolínea de
bandera.
Bien para taparme todos los prejuicios, los tanos con
uniforme con banderita argentina, fueron atentos, expeditivos y no me hicieron
ningún problema por mi bolsa, bolsita o bolsón.
El vuelo fue tranquilo, nocturno, lo cual lo transforma en
casi más corto. Entre la comida, la versión argenta de “Inseparables” y la
dormilona, ya estaba otra vez en Argentina. Con cinco horas menos (o sea, ¿horas
que ya había vivido?) y antes del amanecer.
Padres me esperaban y sólo me quedaba llegar a mi ciudad de
diagonales y sobre todo, a mis bebés de cuatro patas que, aunque mi viaje fue
estupendo, las extrañé.
Las vi en los 500 perros que vi en Italia, porque con este
viaje corroboré que los tanos son bien perreros… incluso más que yo. Están en
todos lados, acompañando a sus dueños. Bares, micros, trenes, aviones, restaurantes,
locales de ropa, shoppings, playa, etc.
Me imaginé a paseando a mis bebitas por la peatonal de
Palermo, esa que veía desde el balcón del “lujoso” PORTA MAQUEDA; las imaginé
conociendo la arena en Cefalù, molestándome con las subidas y bajadas de
Taormina; Las vi olfateando Pompeya o en la Circumvesuviana; estaban conmigo
cuando veía a ese chico yendo en el tren a Sorrento con su perrito en un bolso;
Las escuché ladrando en Nápoles con todas esas sirenas ó luciéndose conmigo en
las calles de Roma. Las soñé saludando a hermanita en el pulcro Cambridge,
subiéndose a la cama con nosotras y festejando el cumpleaños.
Casi tres semanas de caminar, andar en tren, en micro
turístico, en micro de línea. En avión, avioncito, en taxi, en combi.
Tosiendo desde el primer día hasta el último; viendo cómo
algunos planes se desinflaban pero por eso mismo, surgían nuevas experiencias.
Viaje mucho sola y para mi sorpresa, me gustó más de lo que
pensaba. Sólo extrañaba compañía algunas noches cuando pensaba que quizás podía
salir a comer algo afuera, pero sola me angustiaba. Pero ese no fue motivo de
bajón.
Palermo me sorprendió
para bien, Nápoles me decepcionó… o no colmó mis expectativas porque elegí mal
el alojamiento, de lo cual me arrepentí.
Cefalù y Sorrento fueron de ensueño. La playa inhóspita con
hermana vino bien al cuerpo, al alma. Los museos que visité de Roma me pusieron
la piel de gallina.
Conocí ¿nuevo pariente político?; me reí con argentos en
Inglaterra y pude disfrutar relajadamente la fiesta de cumple de mi hermanita,
sin preocuparme por nada, ni siquiera por sus indecisiones y su vueltas.
Sicilia es súper recomendable y me quedé con muchos lugares
por conocer.
Nápoles tendrá otra oportunidad.
Y Roma, será siempre la ciudad para volver.
Arrivederci Italia. Volveré
con más vocabulario.




















































