viernes, 20 de octubre de 2017

Ciao

Viernes 6,

me quedaba sin abrir la galletita de la suerte que me habían regalado en la Feria aquella en Cambridge. Interesante: "No ayuda apurarse, mejor dejárselo al tiempo".

Rellenitas y listas para partir.


San Pietro in Vincoli. De afuera, no dice todo lo que tiene dentro. Esta Basílica (San Pedro encadenado) es conocida por albergar el mausoleo del Papa Julio II, con la famosa escultura del Moisés de Miguel Ángel (1515)
El Moisés, Miguel Ángel. Escultura de mármol blanco encargada en 1505, realizada en 1513-1515 y retocada en 1542, obra de Miguel Ángel. 

Selfie con Moisés.
Originariamente concebida para la tumba del Papa Julio II en la basílica de San pedro, el Moisés y la tumba se colocaron finalmente en la iglesia menor de San Pietro in Vincoli, tras la muerte del papa. La familia de la que el papa procedía, fueron los mecenas de esta iglesia, y el mismo papa había sido cardenal titular antes de su nombramiento al frente de la Santa Sede.

De frente.
La estatua se representa con cuernos en su cabeza, se dice, por un error en la traducción por parte de San Jerónimo del capítulo del Éxodo.
Diseñado para ser visto desde abajo, y equilibrado por otras siete enormes formas de temática similar, el Moisés actual, en su contexto irrisorio difícilmente puede tener el impacto deseado por Miguel Ángel. El líder de Israel se presenta sentado, con las Tablas de la Ley debajo del brazo, mientras que con la otra mano acaricia los rizos de su barba.
Miguel Ángel pensaba que el Moisés era su creación con mayor realismo. la leyenda cuenta que, al acabarlo, el artista golpeó la rodilla derecha de la estatua y le dijo "¿por qué no me hablas?", sintiendo que la única cosa que faltaba por extraer del mármol era la propia vida. en la rodilla se puede encontrar la marca del golpe.

Las cadenas de San pedro.
Según cuenta la leyenda, la empratriz Eudoxia (esposa del emperador Valentiniano III) ofreció las cadenas como regalo al papa León I el Magno. Cuando éste las comparó a las cadenas del primer encarcelamiento de san Pedro en la cárcel Mamertina en Roma, las dos cadenas se unieron milagrosamente. Las cadenas se guardan en un relicario bajo el altar principal de la Basílica. 
Piazza Venezia. Monumento a Vittor Emanuele II

No saqué más fotos que al cartel, pero el Largo di Torre Argentina, es una plaza que contienen cuatro templos romanos republicanos, y los restos del Teatro de Pompeyo. A pesar de lo que yo creía (qué ignorante) el nombre de la plaza viene de la Torre Argentina, que toma su nombre de la ciudad de Estrasburgo, cuya denominación original era 'Argentoratum".

Piazza Navona

En Piazza Navona, una de las fuentes es ésta: La Fuente de Neptuno (1574)

También en Piazza Navona: Fuente de los Cuatro Ríos: de la época barroca. Encargada por el papa Inocencio X a Bernini. Su construcción se realizó entre 1648 y 1651. Representa los cuatro grandes ríos del mundo conocido por entonces: Nilo (África), Ganges (Asia), Danubio (Europa) y Río de la Plata (América). La fuente se encuentra coronada por el obelisco de 17 metros de altura, que un emperador mandó a construir en Egipto.

manteniendo la Fuente de los cuatro ríos
Campo dei Fiori. Coloridos y seguramente demasiado picantes pimientos.
Hasta el siglo XV la plaza no existía y en su lugar había un prado florido, del cual deriva su nombre. Al pavimentarse y estar aledaño a un edificio de la familia Orsini se convirtió en paso obligado de personalidades relevantes como embajadores y cardenales. Esto hizo que la plaza se convierta en sede de un floreciente mercado de caballos y luego de locales, albergues y talleres de artesanos.
También tenían lugar las ejecuciones públicas. 

Campo dei fiori y sus "fiori".
Desde el año 1869 tiene lugar un mercado popular que antes se celebraba en la Piazza Navona


fresca ensalada de frutas (o "macedonia", en italiano) de banana e fragola

corto paso por el Tevere


en el tren de Termini a Fiumicino: valijita y "valijón"

muy buena experiencia

rica comida (después llegó el desayuno)

ya era conocido, pero de los mejores inventos: hermoso saber por dónde andas volando. Cada tanto tenía que chusmearlo.


El último día siempre se mezcla con ese sabor amargo de la partida, de dejar con ese cansancio y con esas ganas de contar lo vivido, de volver a lo tuyo y los tuyos. Al menos eso me pasa a mí que evidentemente no nací para vivir en otro lado que no sea en La Plata… por suerte o por mala suerte. Al menos tengo la “fortuna” como llaman a la suerte los italianos y acá también queda muy bien, de poder cada tanto darme estos gustos que como esta vez, suelen ser placeres inolvidables.
No dudaba en que volvería a Roma ni en que me volvería a gustar. Tampoco pasaron tantos años, tampoco soy tan distinta al 2011. Pero este septiembre/ octubre de 2017 confirmé que para mí (y tantos otros) Roma es hermosa. Italia, me encanta y aún me queda mucho de ella por conocer, pero Roma… es especial. Volví a caminar por las mismas calles y aunque a veces me recordaba a mí misma hace años, otras muchas más veces me parecía que eso y aquello no lo había visto, era nuevo aunque conocido. Raro. Maravilloso. No me pasó con Londres, aunque no le voy a negar otra oportunidad durmiendo en él y no en Cambridge. Sí sucedió acá, en Roma… con los inmigrantes, los turistas… las fuentes, las iglesias. Las subidas, las bajadas, las motos, los romanos. Las ruinas que la hacen única y fabulosa, ¿qué otra Capital del mundo convive a diario con el Coliseo y el subte, los vestigios de los foros del Imperio romano y los edificios de la era fascista?

Había dejado casi todo acomodado en las valijas que casi explotaban y seguro pesaban más de lo que debían. Esta vez no me despertaron los del hotel sino que me desperté solita, después de haber dormido sabiendo que aún podía aprovechar unas horas en esta divina ciudad, en este viaje.
Desayuné mis tostadas con “burro” y “confitture di pesche” (manteca y mermelada de durazno), yogurt, jugo de naranja, cappuccino y seguro algo más. De este viaje también voy a poder decir que he comido como nunca. No cosas raras ni gourmet porque estaría faltando a mi esencia, pero sí mucha cantidad de todo eso que me encanta: ¡harinas! De este viaje entre otras cosas, me llevo todos los kilos que había bajado en el año. Kilos en las valijas y en el cuerpo, demostrando que mi propio organismo me muestra que no importa cuánta actividad física haga (pocas veces caminé tanto): si como cual criatura, subo de peso.
Me puse “fresquita” y dejé preparado todo como para ir al aeropuerto. Hice el check out del hotel, que no era más que decir: arrivederci, porque ya había pagado al llegar, y me dejé livianita como para recorrer mis últimas horas por Roma sin peso. Puse candado y candadito y en una de las habitaciones donde había desayunado, me permitieron dejar mis petates: valija, valijita, cartera, súper bolsa.
No podía irme de Roma sin volver a ver todo eso que había visto y me había encantado. No podía irme sin pasar a saludar a Moisés, en San Pietro in vincoli, así que agarré Via Cavour y un par de volteretas después (el lugar donde está la Iglesia es tan maravilloso como lo que tiene dentro) llegué a destino. Ahí estaba ese grupo escultórico imponente, bello. Y ahí estaba yo sin el palito pero con celular con cámara para selfie así que al fin pude sacarme una foto con él.
También estaban las cadenas de San Pedro.
Retomé lo que quedaba de Via Cavour para volver a la Via dei Fori imperiali, esa que te lleva de repente a un pasado tan, tan remoto, donde podes imaginarte a lo que fue el gran Imperio Romano, caminando con sus sandalias por ese suelo que pisas vos.
Volví a pasar por Piazza Venezia y el monumento de Vittorio Emanuele y al soldado “ignoto” que seguía ahí, con sus escaleras llenas de turistas y rodeados por el intenso tráfico.
La Via del Plesbiscito no la conocía, pero me acercaba a la hermosa Piazza Navona que seguía como la recordaba o incluso mejor porque el día acompañaba, no había taaaanta gente y sus fuentes lucían mucho más cuidadas. Incluso a una la estaban “destapando”.
Lo nuevo de estas últimas horas en Roma, fue llegar a Campo dei Fiori, pero esta vez, llena de puestos. De Flores (fiori), frutas, verduras de todos colores y también de artesanos: de comidas y objetos. “Fideos” de todo tipo, especias miles. Juntas, separadas, listas para una salsa: a la fiorentina, a la romana… “a la Italia”. Quesos, embutidos… “salumi”. Carteras, billeteras y demás cosas de cuero. Boinas y sombreros. Colores, olores, sabores.
Tuve el placer, aún con poco tiempo, de sentarme en un rinconcito a observar a los romanos hacer sus compras y a los turistas, mientras degustaba una ensalada de frutas fresquita, recién hecha, ante mis ojos.
No podía quedarme más, tenía que irme casi corriendo, pero no pude evitar mirar mi arrugado mapa y aunque era más largo el camino, hice que para mi vuelta al hotel, tuviese que pasar al menos a mirar un ratito, al río Tevere. Dos segunditos nomás. Quería mirar, como si con la vista pudiese llevarme un poquito de todo eso.
El romanticismo me duró poco, aunque la lluvia repentina y finita, acompañó.
Me dolían los pies, me mojé un poquito, transpiré nerviosa mientras mis piernas iban a toda máquina. Lo lindo de la città de repente me hacía temblar pensando que podía llegar a perder el vuelo.
Exageraciones de mi mente, por supuesto. Aunque llegué justito, busqué mis pesadas valijas, bolso y bolsas, cambié de cartera y puse la documentación necesaria: ya no era cartera de paseandera ligera sino de extranjera que debe partir.
Perdí el tren que pensaba tomar, pero lo bueno de este medio de transporte Termini- Fiumicino es que pasan más que seguido.
14:30, empujando gente con todas mis cosas subí al tren y a menos de una hora ya estaba en el aeropuerto.
Hacer la cola para despachar la súper valija era ya casi estar volviendo a Argentina. Eso es lo que tiene viajar por la aerolínea de bandera.
Bien para taparme todos los prejuicios, los tanos con uniforme con banderita argentina, fueron atentos, expeditivos y no me hicieron ningún problema por mi bolsa, bolsita o bolsón.

El vuelo fue tranquilo, nocturno, lo cual lo transforma en casi más corto. Entre la comida, la versión argenta de “Inseparables” y la dormilona, ya estaba otra vez en Argentina. Con cinco horas menos (o sea, ¿horas que ya había vivido?) y antes del amanecer.

Padres me esperaban y sólo me quedaba llegar a mi ciudad de diagonales y sobre todo, a mis bebés de cuatro patas que, aunque mi viaje fue estupendo, las extrañé.
Las vi en los 500 perros que vi en Italia, porque con este viaje corroboré que los tanos son bien perreros… incluso más que yo. Están en todos lados, acompañando a sus dueños. Bares, micros, trenes, aviones, restaurantes, locales de ropa, shoppings, playa, etc.
Me imaginé a paseando a mis bebitas por la peatonal de Palermo, esa que veía desde el balcón del “lujoso” PORTA MAQUEDA; las imaginé conociendo la arena en Cefalù, molestándome con las subidas y bajadas de Taormina; Las vi olfateando Pompeya o en la Circumvesuviana; estaban conmigo cuando veía a ese chico yendo en el tren a Sorrento con su perrito en un bolso; Las escuché ladrando en Nápoles con todas esas sirenas ó luciéndose conmigo en las calles de Roma. Las soñé saludando a hermanita en el pulcro Cambridge, subiéndose a la cama con nosotras y festejando el cumpleaños.
Casi tres semanas de caminar, andar en tren, en micro turístico, en micro de línea. En avión, avioncito, en taxi, en combi.
Tosiendo desde el primer día hasta el último; viendo cómo algunos planes se desinflaban pero por eso mismo, surgían nuevas experiencias.
Viaje mucho sola y para mi sorpresa, me gustó más de lo que pensaba. Sólo extrañaba compañía algunas noches cuando pensaba que quizás podía salir a comer algo afuera, pero sola me angustiaba. Pero ese no fue motivo de bajón.
 Palermo me sorprendió para bien, Nápoles me decepcionó… o no colmó mis expectativas porque elegí mal el alojamiento, de lo cual me arrepentí.
Cefalù y Sorrento fueron de ensueño. La playa inhóspita con hermana vino bien al cuerpo, al alma. Los museos que visité de Roma me pusieron la piel de gallina.
Conocí ¿nuevo pariente político?; me reí con argentos en Inglaterra y pude disfrutar relajadamente la fiesta de cumple de mi hermanita, sin preocuparme por nada, ni siquiera por sus indecisiones y su vueltas.
Sicilia es súper recomendable y me quedé con muchos lugares por conocer.
Nápoles tendrá otra oportunidad.
Y Roma, será siempre la ciudad para volver.

Arrivederci Italia.  Volveré con más vocabulario.

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Viernes 6, me quedaba sin abrir la galletita de la suerte que me habían regalado en la Feria aquella en Cambridge. Interesante: ...