lunes, 9 de octubre de 2017

Nápoles, la sombra de la camorra

Miércoles 27
arrivederci Palermo! snif

mi pieza... Porta Maqueda


la foto no muestra lo grande y moderno que era este baño. Tampoco se puede notar que la parte de la ducha tenía una luz que se encendía de afuera y que muy tenuamente iba cambiando de colores!! 

hasta 10 kilos se puede. Cagando zafó y Volotea no me hizo problema. 


chau Sicilia

aguante Volotea y su snack! Yo elegí maníes

Golfo de Nápoles desde el cielo
Me desperté con ganas de ver lo nuevo, pero triste porque me iba de Palermo, de Sicilia, que tanto me había gustado.
Con casi todo ya en las valijas, me despedí de mi hermosa, moderna, limpia y gigante habitación en suite. ¿Cuándo voy a volver a bañarme en un baño así? ¿Cuándo voy a volver a chusmear “sky” en la tele, esa especie de cable HD pero en el idioma en el que se te cante?
Mi desayuno fue casi a solas… ya no sé si había otros huéspedes. Estaba Armando, por supuesto, que escuchó todas mis anécdotas de mi fugaz paso por Taormina. No podía creer tantas horas de viaje en tren por tan poco y casi me reprochaba que no le había hecho caso y había ido a esa isla más cerca de la capital de la que yo jamás había escuchado: Ustica.
¡Ya habrá otra oportunidad Armandito! Que no te quepan dudas que yo a Sicilia vuelvo.
Esta vez me iba por una aerolínea low cost que no conocía: Volotea, y sabía que quería dejar de correr o jugar con mis tiempos y mis emociones. Arreglé con mi amigo “Armand” que me pedía un taxi ahí en la puerta. Había llovido a cántaros la noche anterior, pero había amanecido con un sol un poco más fuerte que otros días, porque como bien me había dicho mi anfitrión: “Esto no es Londres”. Era cara mi comodidad, pero ya había decidido pagarla por mi salud mental que todos sabemos: es muy frágil.
Salí a dar unas vueltas por el barrio para hacer tiempo. Compritas de último momento y a partir de Sicilia.
Mientras esperábamos el taxi, Armando ofreció un café que yo acepté habiendo olvidado lo fuerte que lo toman los tanos. Mamma mia! Charlamos un poco más en italiano, se lamentó por enésima vez el no haber podido arreglarme esas excursiones que yo planeaba y me regaló un imán con la imagen del Teatro Massimo, ese que vi todos los días desde mi balcón, hermoso, imponente… pero al que nunca entré. Me pidió que hiciera la crítica del lugar, en booking, donde yo había reservado y me contó que hacía poco habían empezado y estaban un tanto flojos de gente. ¡Pero querido! ¡Si esto fue un lujo para una chica de b&b u hotel dos estrella y media!


Una vez en el aeropuerto seguí despidiéndome de Sicilia en el free shop y después, con tiempo, subí al avión. Un avioncito nuevo, con esos otros colores que había olvidado de tan acostumbrada a Ryanair.
Otra vez mis ojos se deleitaron con el paisaje de mi amada ventanilla. Atrás quedaba Sicilia con sus montañas y playas y aunque esta vez no sobrevolé Cerdeña, la presencia del Golfo de Nápoles y el de Salerno, fue suficiente. Volotea encima me ofrecía un “snack” para amenizar el vuelo de una hora (súper punto para Volotea! Jamás en ninguna otra low cost me ofrecieron algo! Ni agua!) También ponían música de fondo, cosa que me resultó más que novedosa y muy, muy genial.
Ahí se veían esas montañas… y esa un poco más ancha que suponía era el Vesubio. No había podido divisar el Etna y le debía a mi ahijado al menos unas fotos de un volcán.
Un vuelo hermoso, el aeropuerto grande y lindo. La gente de información me dio un mapa gigante de la ciudad y me marcó dónde quedaba la estación en la cual debía bajarme para después ir caminando (“estas a 5 o 10 minutos nomás”.. qué ganas de contabilizar con minutos en vez de cuadras!) a mi b&b: “Art suites B&B Principe Umberto”. No me digas que con el nombre ya suena re cool?! En fin, tenía que ir derecho no sé cuántos minutos por la salida del aeropuerto hasta la parada de dicho micro. Cuando me vi afuera con el calor, las valijas, la enormidad… cuando no veía ni por asomo dónde podía estar esa parada y ese micro del que ya me había olvidado el nombre, volví a optar por mi salud mental que es más que cara. Vi la fila para enganchar taxis, los cuales proponían una tarifa fija mucho menor a la que ya había pagado en Palermo y listo.

Dios mío! Nápoles! De repente me acordé de la película italiana “Bienvenidos al sur” y la escena cuando el de Milán maneja asustado y sorprendido por las rutas del sur de Italia. Y yo me quejo de La Plata? En Nápoles se puede girar cuando querés y las luces para avisar al de atrás no son necesarias: tocas bocina y ya. Y yo quejándome de las putas motos platenses que por calle 7 serpentean y de repente de aparecen de un costado y después del otro! En Nápoles, las vespas son más dueñas de las calles que cualquier auto, micro o peatón. Son como bicicletas que pasan raspando por donde se les canta y a la velocidad que les plazca. Eso sí, siempre con casco.
A diferencia de los tacheros platenses, el napolitano no emitió palabra hasta bien llegados a la zona más ¿céntrica?, cuando volvió a preguntarme la dirección y “reseteó” el GPS.
Frenó frente a un hotel con aspecto europeo pero banderas yanquis.
“Es acá”, dijo mientras ya se disponía a bajarme del auto cuando yo tuve un atisbo de lucidez. “Pero este no es”. “Esto es Principe Umberto 35” me dijo con pocas pulgas y un tono napolitano muy difícil de entender, sobre todo si se habla entre dientes. “Esto es Principe Umberto”, me dijo señalándome algo que no entendí qué era porque para ese lado cruzaban 5 calles híper plagadas de autos, motos, micros, tranvías, etc. “Principe Umberto 35” volvió a decirme ya bajando del auto. Incrédula y con mi papelito de booking y la dirección y nombre del b&b, le pregunté cómo sabía que ese el número 35, dónde estaba, y el tano me señaló ya con obvio chamuyo: “ahí, 35”. DÓNDE?? No había ningún 35!! Ese hotel se llamaba, ponele “American Hotel” y yo iba a ART SUITES PRINCIPE UMBERTO B&B!!
Impaciente le mostré el papel y el tipo sin decir nada, lo tomó, leyó con sus lentes y no tuvo más que cerrar el baúl y dejar las valijas donde estaban porque ese no era mi lugar.
No sé cuántas vueltas dio. Tan napolitano y tan que parecía desconocer las calles de su ciudad. Menos mal que en el aeropuerto, donde me lo tomé, auspiciaban que tomes esos taxis ya que eran verdaderos taxistas napolitanos!
Traté de hablarle aunque un poquito me intimidaba, sobre todo lo osco. “Yo creo que debe ser un edificio y debe tener un pequeño cartel, no voy a un hotel”. Cuán ciertas eran mis palabras! No iba a un hotel… dios mío, a dónde fui?!
No sé cómo encontramos o encontró el lugar. En el quilombo de calles tumultuosas y todos los senegaleses que se puedan imaginar, estaba el pequeñísimo cartel en un antiguo edificio. El taxista  me dejó ahí, sin saludarme pero  regalándome una linda cara de ojete. Tendría que tener más cara de ojete yo que pagué más de lo pensado el taxi y si no me avivo me deja tirada en cualquier lado!
Ni llegué a acercarme a tocar timbre cuando se me aparece una vieja italiana, de esas típicas, de esas del estereotipo: desarreglada, vieja, chiquita, cara de culo. Con todo ese “humor” tan parecido al del tachero, sin que yo dijese nada, me gritó que ella me habría y me “acompañó” por ese pasillo de esa “vecindad”, hasta otra puerta más vieja y arruinada que la primera. Casi sin luces logré meter en el “vestíbulo”? mis valijas mientras la vieja tocaba otro portero qué sé yo a quién y me parecía escuchar que le gritaba que ya me había abierto ella.  En la oscuridad, entre paredes con pintura descascarada, abre unas pequeñas puertitas de una madera muy vieja que, para mi asombro, me daban la entrada a un minúsculo ascensor… de la época de la postguerra, no sé. Si me había parecido viejo el de Roma, éste también lo era pero no era nada cool. Éste daba ganas de llorar. Me recordaba las películas donde Sofia Loren era una ama de casa con 500 hijos y súper pobre.
La vieja entonces me mete en el ascensor, así de sopetón como había hecho todo y sin mediar un gesto amable, veo que mete una moneda en una cosa que tenía adentro el ascensor (dios mío! Qué es esto?) y me dice con seño fruncido, algo de “piso 4” y algo de “bussare”. Acto seguido cierra los dos pares de puertas viejas y me deja adentro del minúsculo ascensor. Aturdida, me quedo mirando inmóvil y sin dejar pasar dos segundos la misma vieja vuelve a abrirme las puertas desvencijadas del horroroso ascensor, esta vez ya súper enojada y volviendo a poner otra moneda en esa máquina me dice otra vez algo de bussare, cuarto piso… me “enseña” a apretar los botones y termina con un muy entendible para mí:”¿No sabes usar un ascensor? Ya tuve que perder 20 centavos”. Y aunque aún estaba mareada entre las vueltas y el humor del tachero y la presión y mala onda de la vieja y el encontrarme en tan espantoso lugar, así y todo, logré decirle sin vergüenza mientras cerraba las puertas del ascensor otra vez: “No, este ascensor no sé cómo es” y por suerte el pequeño armatoste empezó a subir los pisos y dejó a la vieja diciendo qué sé yo qué porquería. Pónganse en mi lugar… yo les escribo todo en castellano, pero la vieja siempre me habló en italiano, dando por sentado que yo entendía todo. Me gustaría verlos a ustedes qué harían! Yo realmente le entendía bastante, pero sorry querida vieja, me había quedado colgada ese segundo, porque además del mareo que jamás entendiste que tenía, a mí me enseñaron que “bussare” es “golpear”, “llamar”. “Bussare la porta” = golpear la puerta, llamar a la puerta. O sea… también era apretar?? Apretar el botón? Ni en el diccionario me aparece esa acepción.
Ya más caliente que decepcionada por la pocilga que había reservado, llegué al “quarto piano” donde un pendejito con camisa y pantalón pinzado me ayudó a salir de la lata de sardinas que vendría siendo el ascensor.
Sonriente  (al fin alguien en Nápoles me sonríe! Me trata como la turista que soy!) me dice un clarísimo: “Hola” en castellano, me pide el pasaporte y me lleva hasta la habitación. Vamos por un mini pasillo angosto revestido en alfombra hasta en las paredes; atravesamos una vitrina con espantosas pequeñas cosas creo que en cerámica y al fondo, contento y otra vez en castellano me dice que esa era mi habitación: “Positano”. Qué topetitud el nombre! Bueh… digamos que el nombre nomás, aunque la habitación en sí no era tan desagradable como el resto del edificio. Era vieja, de mal gusto. Dos camitas (porque supuestamente mi hermana iba a pasar conmigo varios días ahí), un baño modesto, un mini televisor, un escritorio, una mesita de hierro y vidrio y dos sillitas y un balcón que salí a conocer después. Bueh, está bien… de todas formas ya no había tiempo para lamentarse o arrepentirse y lo cierto es que me estaba empezando a cambiar la onda el hecho que el chico, resulta que hablaba “argentino” porque era una fanático (sí, sí, fanático) de Floricienta!! Sí!! Se acordaba de los nombres y apellidos de todos los personajes y hasta me nombraba a los actores, muchos de los cuales en argentina pasaron sin pena ni gloria y jamás los volví a ver y mucho menos… me sé los nombres. ¡Qué gracioso el chico! Estaba como “loca”! Y pensar que me habían dicho que me prepare en Nápoles para que me nombren a Maradona por ser argentina! Ma’ qué Maradona!! Hablamos del “freezer” o Juan Gil Navarro, el actor que parece a los dos nos había gustado mucho. Tremenda mariposa napolitana de 20 años que había aprendido, la verdad de una forma excelente, nuestro adorado argento. Increíble! jaja. También había visto Patito Feo, pero ya no podíamos seguir hablando tanto más. Yo hacía mucho no hablaba argento sabiendo que me iban a entender… y cómo me entendía! Muy gracioso, me había cambiado el humor.
Me dijo que el desayuno lo llevaban a la pieza y jamás retuve a qué hora o cómo era la cosa. Ese sistema tenían en el hermoso b&b de Firenze pero yo acordaba un horario más o menos fijo y así ya sabía cuándo venía.
Cuando vi que tampoco tenía pava eléctrica le pedí si podía hacer algo y dijo lo diría a los dueños.
Me dio un mapa de la ciudad, más chiquito y me mostró más o menos los lugares que podía visitar y cuando le pregunté por el barrio del b&b que escuchado y leído y ahora más o menos visto que no era muy bello, me dijo lo que de alguna forma sabía: este es el barrio más feo de la ciudad. No pasa nada, pero mejor de noche no salgas por acá. Leeessto… lo que necesitaba para acobacharme cuando se pone el sol: que un nativo me confirme la inseguridad.
Apenada porque no iba quizás a volver a verlo para seguir hablando de Floricienta y los actores teen de Argentina, me fui antes que si hiciese demasiado tarde a dar unas vueltas por el barrio como para ubicarme y conocer un poco. Antes le pregunté por un supermercado y hasta hablamos mal de la vieja esa que él mismo me dijo: “es una bruja”.
Bajé por las escaleras tratando de no volver a toparme con la vieja de mierda. Con mapa en la cartera y los ojos bien abiertos, di unas vueltas por el barrio que era… Diagonal 80, pero peor.
Compré algo para tener en la heladera y volví a ese deprimente edificio.
Mirando por mi nuevo balcón  hacia las otras ventanas de tantos otros miles departamentos, observando las sogas que también tenía a mi disposición para colgar mis trastes, no podía dejar de sentirme en una tragicomedia. Me reía recordando de dónde venía y así lograba entender semejante shock. Había vivido una semana en un …. Digamos building pero con onda moderna en plaza paso, para pasar a un conventillo entre la UOCRA y diag. 80.  “Es Retiro”, como había leído sobre el barrio de la Estación de trenes cuando buscaba información para alojarme. Supuestamente, y aunque jamás imaginaba tanto deterioro, tanta cosa fea, tanta “lugubridad”, tanta pobreza (insisto: muy probablemente mis apreciaciones fueron más fuertes por el salto que di del b&b de Palermo a éste) la idea de estar en un barrio no lindo era que al menos era el de la terminal y yo lo que más quería era conocer mucho más que Nápoles. Lo de Nápoles, era una base, como lo había sido Palermo… el tema es que jamás imaginé que la Capital Siciliana me iba a gustar tanto y mucho menos, que iba a estar tan bien alojada y con tan buen anfitrión.

En fin, veremos… queda conocer.

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