| ¿pensaban que Vittorio Emanuele no iba a estar en Nápoles? |
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| desde el micrito. El mar Tirreno |
| Maschio Angioino, Cpnstruido entre 1279 y 1282 por Carlos I de Anjou |
| Se ve el Vesubio |
| Hay playa! |
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| investigando cómo visitar la Costa por mar |
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| por si no se ubicaban qué tipo de micrito era. Segundo recorrido. |
| Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. |
| Fuente de la Duquesa Elena de Aosta. Excentricidad que mandó a construir en 1939 una tal Elena d'Orleans, miembro de dicha familia real y que por matrimonio fue duquesa de Aosta. |
| el Duomo por dentro |
| acá se ve la nuca de Inocencio, rezándole a los restos de Genaro |
Otra vez los golpes en la puerta me despertaban. Se ve que
ya estoy tan cansada que no hay despertador que aguante porque supuestamente yo
lo había puesto pero bueh… o no sonó, o no lo escuché, no sé. Otra vez me
despertó mi amiga preguntándome qué tipo de café quería para el desayuno.
Capucino.
Bien, estaba en Nápoles y no podía huir. Cuando estaba
planeando el viaje me acuerdo de “pelearme” con todos esos desanimados de redes
sociales que proponían que en Nápoles no había nada para ver, o todo se podía
hacer en un día… no podía ser. Había anotado muchas cosas para conocer en la
ciudad de la tarantela, pero resulta que con eso de no llevar peso demás, no
había traído mis anotaciones.
Ok, entonces había que salir a investigar. El fan de
Floricienta me había dicho que via Toledo era la calle céntrica y más o menos
chusmeando el mapa que tenía había un par de “atracciones” por ahí así que,
andando.
Sol, calor… no importa.
Creo que di fácil 4 ó 5 vueltas sobre mi misma manzana. Es increíble
el poco poder de ubicación que tengo en Nápoles. Es que tampoco tengo buenos
mapas, me parece. A algunos les faltan nombres de algunas calles y la verdad…
es una ciudad grande. Acostumbrada quizás a Palermo que no es pequeña pero
quizás concentraba muchas cosas para un mismo lado y yo encima estaba cerca de
ese lado, esta vez no era el caso. No sólo no estaba cerca de nada sino que
tanta calle, callecita, callejón, no hacía más que perderme.
De repente al fin, me vi más o menos encaminada. Me faltaban
negocios con chucherías turísticas o ese tipo de pavadas... jamás me cruzaba
con algo así. Era muy obvio que estaba atravesando la parte más “viva” de la
ciudad, donde la gente vivía, trabajaba, compraba verduras, ropa, muebles.
A via Toledo no llegaba más y ya estaba tomando en serio la
idea de subirme a esos micritos que te pasean por la ciudad. Nunca lo había
hecho, siempre había “pateado” las calles, pero esta vez me parecía que Nápoles
era muy grande y además me acordaba de esa pareja de argentinos que había
encontrado en Palermo, que me había dicho que lo re usaban: no sólo para las
explicaciones sino como medio de transporte para ir de un lado al otro.
En el largo camino hacia el encuentro con el micrito, me
topé con napolitanos, algunos extranjeros y argentinos. Argentinos siempre hay
y creo que en Nápoles es donde más vi. Es que cada vez que he dicho que era
argentina, sólo acá la gente parece que se ilumina. Como si una viniese del
país de las maravillas… no sé. Ya me habían dicho que acá Maradona es Dios,
porque acá sí que es Dios, pero también resulta que está el Pipita Higuaín, que
yo tenía entendido que alguna macana se había mandado con ellos, pero se ve que
no sabía nada.
El pasaje en micrito era un tanto caro, pero realmente valió
la pena para dar un buen pantallazo.
Proponían dos recorridos e hice los dos. Uno viajaba más por
la “costa” y te llevaba más lejos para que veas que realmente la importancia
(porque Nápoles ahora lucirá así, pero fue muy importante: fue capital de su
propio Reino!) se la ha dado y aún da su puerto. El otro recorrido se metía por
calles más céntricas y subía por calles para después bajarlas y paseaba por
teatros, museos… todo empezando desde el famoso Castillo Maschio Angioino o el
Castel dell’Ovo (Castillo del huevo). Un hermoso recorrido que traspasaba entre
cada obra arquitectónica de tantos años y con tanta historia, por zonas “nuevas”
tan humildes y mal tratadas que recordaban cualquier villa miseria de la
Capital Federal.
Desde los auriculares que ofrecía el micro y jamás me
quitaba, me contaban la historia y algo de lo que ya había leído y emocionado. Por
eso también daba tanta lástima el descuido de tan gloriosa ciudad tantos años
antes de Maradona. El mismo audio no podía evitar nombrar esos paisajes tan
desoladores por los que pasaba el micrito.
Nápoles está emplazado, así sin saber con precisión, en una
especie de “montaña” o mejor dicho: como toda Italia, desconoce de llanura. Por
eso, por sus enormes dimensiones y por la distancia entre cada cosa a conocer,
se hace casi imposible hacerlo caminando.
Lamentablemente no tuve tiempo de bajar y entrar, por
ejemplo al museo arqueológico, pero casi al final de la tarde decidí bajarme
antes que terminara el último recorrido del micrito y así sí pude caminar
algunas calles y por ejemplo entrar a la Catedral y empaparme un poco de su
Santo Patrono: San Genaro.
El día ya se terminaba, el sol bajaba y yo tenía que volver
a mi guarida porque de noche mi barrio me parecía demasiado feo y realmente
quería empezar temprano el día siguiente para aprovecharlo. Ya tenía novedades
de mi hermana: parecía finalmente iría a Nápoles el domingo 1 a la mañana así
que, dejaría para hacer con ella algo de playa, de la tan conocida Costa
Amalfitana. En mi largo viaje de encuentro con el micrito, había llegado hasta
el puerto y había sacado foto de los alíscafos que me llevaban por ejemplo, a
Sorrento. Ya había decido que como regalo de cumpleaños adelantado quizás, iba
a dejar de amarretear e iba a pagar el viaje a alguna playa en barquito y no en
Circumvesuviana. Quería ver la costa desde el agua y por lo que había dicho la
uruguaya que vivía en España, tampoco era tan caro… tendría que averiguar un
poco más cómo y a dónde iríamos pero por lo pronto ya tenía planeados mis
próximos y últimos días en Nápoles: Pompeya y Costa.




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