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| primer postal de Nápoles de hermanita. Nuestro barrio |
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| Bienvenidos a mi hogar en Nápoles. Según hermana la puerta era muy pequeña... para mí lo menos importante era el tamaño de la puerta. |
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| al fin recibiendo los 100 kilos de dulce de leche, yerba, alfajores y demás que vengo acarreando desde Argentina y que conocieron Roma y Palermo. |
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| Sesión de fotos con cortina y su aplique. B&B "art suites principe Umberto". Art!!!???? |
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| en el balcón, con la vista, con las sogas donde tantas veces colgué la ropa ;) |
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| en un descanso de las escaleras del edificio, una parada para una plegaria a San Antonio de Padua... que siempre me recordará a mi abuela Lidia y a quien siempre me detengo a "saludar" |
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| Vietri sul mare... empezó la bajada |
| la playa de Vietri sul mare- Amalfi |
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| recolectando cerámicos de colores para mostrar |
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| con zoom: sister en el agua |
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| también quiso recolectar cerámicos y no sólo eso... ¡se le ocurrió llevarlos para hacer una bandeja! ¿? |
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| postal del tren que tomamos desde Salerno: recuerdo de cuando pasamos por Vietri sul mare, lugar del que nos habíamos ido... al cohete! |
¡¡Por fin volvió mi amiga a traerme el desayuno!! Sí!! Por
fin sonó el despertador, o quizás dormí con un ojo abierto por miedo a quedarme
dormida. Había quedado con Brendis que la iba a estar esperando en la parada
del micro que traslada del aeropuerto a la Estación de trenes, o sea… en mi
adorado barrio.
El excelente rastreador de vuelos online me fue diciendo
cómo iba el avioncito que trasladaba a mi hermanita y así supe cuándo pidió
pista, cuándo despegó, cuando estuvo por aterrizar y cuándo aterrizó.
Antes del mediodía ya estaba al rayo del sol calcinante del
que no me había percatado antes de salir, esperando a la nena. Tardó un poco
bastante como para que me derrita un poco y hasta comience a preocuparme y de
repente la vi bajar del micro y salir corriendo a mi encuentro feliz como pocas
veces ha estado al verme.
Abrazo fraterno y alegría por vernos. Sus rulos estaban más
grandes y largos y su rostro bronceado.
Le dije que agarre bien su mochila y nos fuimos hasta el
“depto”, observando el ambiente de la terminal. Ella estaba totalmente
sorprendida y yo, ya estaba más que acostumbrada.
Cómo nos reímos cuando vio el edificio, la vecindad y la
habitación en la que dormiríamos. De lo trágico nos fuimos a lo cómico y juntas
sacamos tajada de ese Nápoles profundo que estábamos viendo y viviendo.
Más o menos le dije los planes que ya había adelantado y no
sé por qué, terminé por decidirme en ir hasta una playa que había leído era
bonita y sobre todo, amplia, algo raro en la Costa Amalfitana. “Vietri sul
mare”. Lo que tenía de fácil era la llegada: en tren. Tantos trenes me había
tomado en Palermo que estaba más que cómoda con las máquinas que vendían los
boletos. Brendis estuvo predispuesta a lo que dijese, nos clavamos las mallas y
ropa más fresca y salimos.
Sacamos sólo el pasaje de ida con la intención de hacer la
gran vuelta en barquito, cual divas… pero bueh, se iba a ir complicando la
cosa.
El viaje fue más o menos corto, quizás mucho más porque nos
la pasamos charloteando en el tren.
Bajamos donde correspondía y… ¿y? ¿Y ahora? De repente,
bajábamos en unas vías en el medio del descampado, con una pequeña construcción
que hacía las veces de terminal pero se encontraba absolutamente cerrada. ¿Qué
onda? ¿Dónde estábamos? ¿Cómo nos íbamos a ir de ese desierto?
Bueh, estábamos ahí nosotras y el universo. Sólo había una
opción, caminar hacia el único lugar posible, que por supuesto era en bajada
porque se ve, estábamos arriba de algo. Empezamos el descenso, yo quizás
sintiéndome responsable por estar un domingo en el medio de la nada, hasta que
comenzamos a ver, como en las películas, el hermoso paisaje de esas costas
maravillosas… no veíamos la playa pero sí la curva de las montañas que se
cortaban con el azul del mediterráneo (o Tirreno si querés).
Pude sacarle la idea a mi hermana de entrar en esos dos o
tres locales con cerámicas o cosas locales, diciéndole que iríamos a la vuelta,
que mejor aprovechar lo que quedaba del sol en la playa. Y así hicimos.
Finalmente estábamos abajo, en una playa de arena oscura,
entre escolleras… con el detalle de algunas piedras y entre ellas, algunos
cerámicos erosionados por el agua, quizás fragmentos de paredes o adornos de
las casas costeras, no sé.
Anclamos ahí, y relajamos. Brendis nadó en un agua que me
dijo fría pero transparente. Al fin volví a tomar mate, con la yerba fea que le
había llevado yo desde Argentina, pero bueh.
Cuando el sol empezó a irse de la playa (las playas en estas
costas suelen ser angostas y al estar circundadas por “montañas”, la sombra les
llega rápido) emprendimos la vuelta. Casi ni había gente, parecía una especie
de playa más “exclusiva”, donde llegaban varios autos con el correr de las
horas, pero para disfrutar la arena en modo otoño y no en emoción verano como
estábamos nosotras. Es que esos quizás 25 ó 26 grados estaban geniales para
tirarse al sol.
¿Dónde estábamos? ¿Cómo nos íbamos? Veíamos allá lejos en la
altura, el lugar donde habíamos llegado. De acordarme de la soledad de esa
parada de trenes, me daba calosfríos. ¿Dónde comprábamos el pasaje de vuelta? Después
me acordé de los viajes con el mismo boleto en Palermo, quizás ahí funcionaba igual.
Pero entre los recuerdos desoladores de esa parada allá lo lejos en la altura y
la falta de aliento de las mujeres del bar de la playa cuando pregunté cómo
volver hasta el tren, me decidieron. Me recomendaron tomarme el micro que
paraba “ahí nomás” y ellas mismas me vendieron sus propios boletos. Uno para mí
y otro para mi hermana. Supuestamente el micro iba a pasar rápido (“el tren ya
ahora… andá a saber si pasa!”, dijeron)
y sólo tenía que decirle a chofer que me avisara cuando pasara por tal
plaza y por supuesto me olvidé el nombre de la plaza dos segundos después de
escucharlo.
Ok, agarré a la hermanita y partimos “para allá”, en subida,
como nos dijeron. No era ese mi plan del día. ¿Dónde había quedado el barquito
y el paseo por la Costa Amalfitana? Ya no había tiempo. Aunque nosotras
estábamos como en verano, lo cierto es que no lo es, Brenda había llegado al
mediodía, habíamos tardado en llegar en a la playa y habíamos descansado
bastante en ella. No podíamos volver tarde porque por más acostumbrada que
estaba, el barrio del b&b no me daba seguridad y a la mañana siguiente,
tempranito, teníamos que irnos al aeropuerto para volar a U.K.
Vietri Sul mare- Amalfi, había resultado un encantador
pueblito con una playa estupenda, pero obviamente era para visitar en auto y no
a pata. Resulta que el camino hasta la parada del micro era tan engorroso y
largo como el de la parada de tren. Camino sinuoso, en subida, con tantas
curvas como autos… y resulta que no había vereda o caminito para peatones así
que ahí andábamos las hermanitas escalando la “montaña” por la ruta!
Preguntamos dos o tres y veces, giramos para un lado y para
el otro como nos decían y finalmente llegamos a la bendita parada.
Ya caía el sol de a poco y enseguida pasó el micro que se
llenó de gente. No me acordaba el nombre de la plaza así que le dije al chofer,
que me avisara cuando llegásemos a Salerno, a la parada de la estación de
trenes.
Bajamos un tanto mareadas, en una ciudad grande que quizás
en otro momento me hubiese dedicado a conocer, pero si antes se nos había
complicada la búsqueda de la parada de micros, la estación de trenes que
supuestamente estaba “cruzando la calle”, se nos había vuelto invisible. ¿Qué
me estaba haciendo Italia de repente?
Obviamente la Estación estaba ahí, también las máquinas para
vender boletos y aunque había mucha gente, logramos comprar pasaje y subirnos a
las corridas al tren que nos devolvía a nuestro “querido” Nápoles.
Brendita cayó rendida a los dos segundos. Había dormido dos
horas o menos y entre el vuelo, el tren, la playa, las escaladas… en fin. Se perdió
entonces de ver cómo el tren pasaba por la desolada parada de Vietri sul mare,
de donde habíamos escapado haciendo malabares con la parada, el micro, Salerno,
otro tren… también se perdió cómo en esa misma parada subían dos chicas y le
compraban al “chancho” sin ningún problema, sus respectivos boletos de tren.
Bueh… conocimos tres o cuatro cuadras de la ciudad de
Salerno y ejercité como nunca gemelos, glúteos, pantorrillas, pulmones…
Como estábamos en Italia, antes de ir a nuestro 5 estrellas,
pasamos por el Burger King, compramos nuestros wrap de pollo y eso sí, heladito
de heladería que casi llegó derretido.
Lindo y movedizo día!

















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