viernes, 13 de octubre de 2017

Derecho de playa

Domingo 1,
 
primer postal de Nápoles de hermanita. Nuestro barrio

Bienvenidos a mi hogar en Nápoles. Según hermana la puerta era muy pequeña... para mí lo menos importante era el tamaño de la puerta.

al fin recibiendo los 100 kilos de dulce de leche,  yerba, alfajores y demás que vengo acarreando desde Argentina y que conocieron Roma y Palermo.

Sesión de fotos con cortina y su aplique. B&B "art suites principe Umberto". Art!!!????



en el balcón, con la vista, con las sogas donde tantas veces colgué la ropa ;)

en un descanso de las escaleras del edificio, una parada para una plegaria a San Antonio de Padua... que siempre me recordará a mi abuela Lidia y a quien siempre me detengo a "saludar"

Vietri sul mare... empezó la bajada


la playa de Vietri sul mare- Amalfi




recolectando cerámicos de colores para mostrar



con zoom: sister en el agua



también quiso recolectar cerámicos y no sólo eso... ¡se le ocurrió llevarlos para hacer una bandeja! ¿?

postal del tren que tomamos desde Salerno: recuerdo de cuando pasamos por Vietri sul mare, lugar del que nos habíamos ido... al cohete!


¡¡Por fin volvió mi amiga a traerme el desayuno!! Sí!! Por fin sonó el despertador, o quizás dormí con un ojo abierto por miedo a quedarme dormida. Había quedado con Brendis que la iba a estar esperando en la parada del micro que traslada del aeropuerto a la Estación de trenes, o sea… en mi adorado barrio.
El excelente rastreador de vuelos online me fue diciendo cómo iba el avioncito que trasladaba a mi hermanita y así supe cuándo pidió pista, cuándo despegó, cuando estuvo por aterrizar y cuándo aterrizó.
Antes del mediodía ya estaba al rayo del sol calcinante del que no me había percatado antes de salir, esperando a la nena. Tardó un poco bastante como para que me derrita un poco y hasta comience a preocuparme y de repente la vi bajar del micro y salir corriendo a mi encuentro feliz como pocas veces ha estado al verme.
Abrazo fraterno y alegría por vernos. Sus rulos estaban más grandes y largos y su rostro bronceado.
Le dije que agarre bien su mochila y nos fuimos hasta el “depto”, observando el ambiente de la terminal. Ella estaba totalmente sorprendida y yo, ya estaba más que acostumbrada.
Cómo nos reímos cuando vio el edificio, la vecindad y la habitación en la que dormiríamos. De lo trágico nos fuimos a lo cómico y juntas sacamos tajada de ese Nápoles profundo que estábamos viendo y viviendo.
Más o menos le dije los planes que ya había adelantado y no sé por qué, terminé por decidirme en ir hasta una playa que había leído era bonita y sobre todo, amplia, algo raro en la Costa Amalfitana. “Vietri sul mare”. Lo que tenía de fácil era la llegada: en tren. Tantos trenes me había tomado en Palermo que estaba más que cómoda con las máquinas que vendían los boletos. Brendis estuvo predispuesta a lo que dijese, nos clavamos las mallas y ropa más fresca y salimos.
Sacamos sólo el pasaje de ida con la intención de hacer la gran vuelta en barquito, cual divas… pero bueh, se iba a ir complicando la cosa.
El viaje fue más o menos corto, quizás mucho más porque nos la pasamos charloteando en el tren.
Bajamos donde correspondía y… ¿y? ¿Y ahora? De repente, bajábamos en unas vías en el medio del descampado, con una pequeña construcción que hacía las veces de terminal pero se encontraba absolutamente cerrada. ¿Qué onda? ¿Dónde estábamos? ¿Cómo nos íbamos a ir de ese desierto?
Bueh, estábamos ahí nosotras y el universo. Sólo había una opción, caminar hacia el único lugar posible, que por supuesto era en bajada porque se ve, estábamos arriba de algo. Empezamos el descenso, yo quizás sintiéndome responsable por estar un domingo en el medio de la nada, hasta que comenzamos a ver, como en las películas, el hermoso paisaje de esas costas maravillosas… no veíamos la playa pero sí la curva de las montañas que se cortaban con el azul del mediterráneo (o Tirreno si querés).
Pude sacarle la idea a mi hermana de entrar en esos dos o tres locales con cerámicas o cosas locales, diciéndole que iríamos a la vuelta, que mejor aprovechar lo que quedaba del sol en la playa. Y así hicimos.
Finalmente estábamos abajo, en una playa de arena oscura, entre escolleras… con el detalle de algunas piedras y entre ellas, algunos cerámicos erosionados por el agua, quizás fragmentos de paredes o adornos de las casas costeras, no sé.
Anclamos ahí, y relajamos. Brendis nadó en un agua que me dijo fría pero transparente. Al fin volví a tomar mate, con la yerba fea que le había llevado yo desde Argentina, pero bueh.
Cuando el sol empezó a irse de la playa (las playas en estas costas suelen ser angostas y al estar circundadas por “montañas”, la sombra les llega rápido) emprendimos la vuelta. Casi ni había gente, parecía una especie de playa más “exclusiva”, donde llegaban varios autos con el correr de las horas, pero para disfrutar la arena en modo otoño y no en emoción verano como estábamos nosotras. Es que esos quizás 25 ó 26 grados estaban geniales para tirarse al sol.
¿Dónde estábamos? ¿Cómo nos íbamos? Veíamos allá lejos en la altura, el lugar donde habíamos llegado. De acordarme de la soledad de esa parada de trenes, me daba calosfríos. ¿Dónde comprábamos el pasaje de vuelta? Después me acordé de los viajes con el mismo boleto en Palermo, quizás ahí funcionaba igual. Pero entre los recuerdos desoladores de esa parada allá lo lejos en la altura y la falta de aliento de las mujeres del bar de la playa cuando pregunté cómo volver hasta el tren, me decidieron. Me recomendaron tomarme el micro que paraba “ahí nomás” y ellas mismas me vendieron sus propios boletos. Uno para mí y otro para mi hermana. Supuestamente el micro iba a pasar rápido (“el tren ya ahora… andá a saber si pasa!”, dijeron)  y sólo tenía que decirle a chofer que me avisara cuando pasara por tal plaza y por supuesto me olvidé el nombre de la plaza dos segundos después de escucharlo.
Ok, agarré a la hermanita y partimos “para allá”, en subida, como nos dijeron. No era ese mi plan del día. ¿Dónde había quedado el barquito y el paseo por la Costa Amalfitana? Ya no había tiempo. Aunque nosotras estábamos como en verano, lo cierto es que no lo es, Brenda había llegado al mediodía, habíamos tardado en llegar en a la playa y habíamos descansado bastante en ella. No podíamos volver tarde porque por más acostumbrada que estaba, el barrio del b&b no me daba seguridad y a la mañana siguiente, tempranito, teníamos que irnos al aeropuerto para volar a U.K.
Vietri Sul mare- Amalfi, había resultado un encantador pueblito con una playa estupenda, pero obviamente era para visitar en auto y no a pata. Resulta que el camino hasta la parada del micro era tan engorroso y largo como el de la parada de tren. Camino sinuoso, en subida, con tantas curvas como autos… y resulta que no había vereda o caminito para peatones así que ahí andábamos las hermanitas escalando la “montaña” por la ruta!
Preguntamos dos o tres y veces, giramos para un lado y para el otro como nos decían y finalmente llegamos a la bendita parada.
Ya caía el sol de a poco y enseguida pasó el micro que se llenó de gente. No me acordaba el nombre de la plaza así que le dije al chofer, que me avisara cuando llegásemos a Salerno, a la parada de la estación de trenes.
Bajamos un tanto mareadas, en una ciudad grande que quizás en otro momento me hubiese dedicado a conocer, pero si antes se nos había complicada la búsqueda de la parada de micros, la estación de trenes que supuestamente estaba “cruzando la calle”, se nos había vuelto invisible. ¿Qué me estaba haciendo Italia de repente?
Obviamente la Estación estaba ahí, también las máquinas para vender boletos y aunque había mucha gente, logramos comprar pasaje y subirnos a las corridas al tren que nos devolvía a nuestro “querido” Nápoles.
Brendita cayó rendida a los dos segundos. Había dormido dos horas o menos y entre el vuelo, el tren, la playa, las escaladas… en fin. Se perdió entonces de ver cómo el tren pasaba por la desolada parada de Vietri sul mare, de donde habíamos escapado haciendo malabares con la parada, el micro, Salerno, otro tren… también se perdió cómo en esa misma parada subían dos chicas y le compraban al “chancho” sin ningún problema, sus respectivos boletos de tren.
Bueh… conocimos tres o cuatro cuadras de la ciudad de Salerno y ejercité como nunca gemelos, glúteos, pantorrillas, pulmones…

Como estábamos en Italia, antes de ir a nuestro 5 estrellas, pasamos por el Burger King, compramos nuestros wrap de pollo y eso sí, heladito de heladería que casi llegó derretido.

Lindo y movedizo día!

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