domingo, 8 de octubre de 2017

Pídele al tiempo que vuelva


 Lunes 25,
gelato frente a la Catedral de Palermo


Antes de subir a buscar "Il Duomo", Monreale

tenía que seguir subiendo


la vista hacia abajo... excelente

me copé y tengo palito





ese es el Duomo... a la vuelta, la puerta de entrada


desde afuera, desde la plaza: il Duomo di Monreale. De afuera no aparenta lo que es.










Me ne vado
En mi desayuno, súbitamente se me apareció Armando preguntando dónde había estado, que se había asustado. Le conté lo de Cefalù y lo de los trenes “cancellati”. Él mientras seguía buscándome excursiones, pero siempre  que llamaba (parece que hay una sola agencia que hace excursiones) volvían a decirle: no, no hay nada.
Don’t Worry, Armand… hoy ya tenía el plan de Monreale. La verdad que sentía que me cortaba todo el día. A las tres tenía que estar en tal parque para subir a esos micritos semi abiertos… o sea, no me podía tomar el tren a ningún otro lado. Ese día sería para Monreale… que está bien, porque ya a esta altura me sé de memoria la historia de las mezquitas transformadas en iglesias… y las “invasiones” de otras culturas y ya. Además, está bien porque si había algo sobre lo cual había realmente leído bien, era justamente sobre el Duomo de Monreale. ¡Si habré pasado mis últimas noches antes de tomar el avión, buscando en el diccionario italiano- español, palabras técnicas de la arquitectura y el arte sacro!
En fin, con el plan ya armado y recordando que no es una carrera sino mis benditas vacaciones, creo que dormí al menos 6 horas corridas, desayuné con la CNN en inglés y Armando en italiano, tomé unos mates y salí.
Tranquila, porque había tiempo y ya había corrido bastante otros días. Paseé por las calles de siempre y como realmente se me había hecho demasiado temprano, cuando llegué al lugar desde donde partía, me di el lujito de un gelato enfrente de la Catedral de Palermo que parece es una especie de 8 y 48 en los 90’s cuando todo el pendejerío nos íbamos a hacer “rostro” ahí.
Se me había hecho demasiado temprano, pero no quería irme muy lejos. ¿Y si llegaba tarde y me perdía la excursión ya paga?
Después de un buen relax en el hermoso oasis verde de Palermo, llegó la hora y a los pocos minutos apareció el micrito. Me preguntaron qué idioma quería y dije español, pero parece la chica de uniforme colorido que acompañaba al chofer del micro, se olvidó fácil porque al momento de repartirnos las audio guías me di cuenta que la mía estaba configurada en italiano. “Va bene!”, de paso practico.
Empezamos a andar y a las tres o cuatro cuadras ya el panorama pintaba lentusqui. Día laborable en Italia = caos de tráfico. De repente recordé mi país, mi ciudad… empecé a mirar esos otros autos con gente, ya no con mi mirada de turista sino con una visión un tanto más… práctica. “Esta gente pensar que está yendo o volviendo del laburo, o buscando a los pibes del colegio… viviendo la vida cotidiana”. Vida que podía ser la mía una semana atrás. La mirada compasiva me duró sólo unos minutitos porque después ya quería que se maten todos, que se corran, que se pongan las pilas, que se apuren… que yo llegaba tarde a mi objetivo en las afueras de la capital. Parece que también comenzó a “alterarse” la chica de uniforme porque viendo que se nos atrasaba bastante la cosa, no se le ocurrió mejor idea que entretenernos con la explicación del Duomo. Primero nos había pasado la explicación de las Catacumbas de los Capuchinos, pero tenía sentido porque estábamos justo pasando por esa puerta entonces estaba bueno imaginarse que adentro de eso que veíamos de afuera, estaba lleno de cadáveres demasiado bien conservados. Ahora, el audio del por qué de tal moldura en los portales de Monreale mientras veía cómo se sacaba un moco la que manejaba ese Fiat… como que no ayudaba. Escuchar de los primeros árabes construyendo una mezquita,  mientras escuchaba de fondo bocinas y cómo esa moto serpenteaba para zafar del semáforo… como que no tenía mucho que ver.
Así fue entonces nuestra ida a Monreale. Ruidosa, confusa, en italiano, lenta… pero llegamos. Nos despojaron de las audio guías (¿Cómo? ¿Y ahora cómo corno me acuerdo todo lo que escuché pero en su verdadero contexto?) y nos dijeron en un malísimo inglés con acento italiano, que a tal hora nos esperaban en esa rotondita. Nos dijeron que la catedral estaba subiendo esa calle, allá arriba… y listo. En banda.
Otra vez Italia hacía temblar mis pantorrillas subiendo y subiendo. ¡Pero qué bello se veía desde ahí! Mar azul, montaña, casitas… hacia abajo, hacia arriba. Qué belleza.
Cuando terminé de subir me di un par de vueltas tratando de recordar visualmente el camino para la vuelta y me topé con el Duomo y el gentío. Otra vez una gran plaza de cemento a sus pies, bares, mesitas, fuente y negocios con suvenires. La entrada era gratis, pero la audio guía, si es que me la daban por el horario, era paga. También el “mapita” de la planta del Duomo que compré con el mismo gusto que he comprado tantos, aunque después rara vez me dedique a seguirlo estrictamente. Por supuesto también pagué la audio guía que me dieron porque dejé mi DNI: otra vez esa de no poder tener audio guía por no tener documentación no me pasaba.
Habíamos tardado tanto en llegar al lugar que no había tanto tiempo. A las 6 tenía que devolver la guía que al final de tan apurada no me estaba sirviendo, si no, se quedaban con mi hermoso DNI argento. Fotos, video, selfies… era como la capilla palatina del palacio real pero en tamaño gigante. Se podía ver toda esa historia que había leído y escuchado: el Cristo Pantocrátor, los colores brillantes, los arcos musulmanes, los dejos de antigua mezquita, los frescos, las maderas, los mármoles. Una joya en sí misma, enclavada en un lugar que no había tiempo para recorrer pero que era obvio giraba en torno a ella, la Catedral.
Volví a ser documentada otra vez afuera. Me hice de mis estampitas para mí, para mi tía y di rápido un par de vueltitas por los puestos de “turistadas” porque ya se hacía la hora de bajar todo lo subido para reencontrarme con el micro, y no podía dejar Monreale sin el acopio de su correspondiente chupito.
Mi bajada fue casi literalmente en picada. Ni tiempo de volver a apreciar el paisaje que tanto me había gustado. No quería perderme el micro y quedarme ahí sola.
La vuelta fue más rápida y por otro lado. Tal es así que esta vez no me dejaron en aquel parque de donde habíamos salido sino a muy pocas cuadras de mi hermoso b & b. Me dejaban en el mismo lugar donde me había dejado el micro que me llevó del aeropuerto a la ciudad, así que hice casi las mismas cuadras pero esta vez sin arrastrar las pesadas valijas.
Otra vez volví a entrar en cuanto local pude o me interesó. Tampoco entré a todos, ya era de tardecita y no quería hacer mucha trasnoche: quedaba poco tiempo en Sicilia, demasiado poco y muchas cosas por ver.

Esa noche, con varios papeles sobre mi gigante cama del “Porta Maqueda B&B”, meditando en el  balcón y con los horarios de los trenes en el celular, terminé de decidir que en mi último día entero en aquella fabulosa isla, iría a Taormina. No podía no ir ahí. ¡A tantos les había gustado!

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